Claves para entender a los Maestros

01 abril 2026

Edad Media

 

Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media

Claude Kappler

I

 

Es un exhaustivo análisis sobre cómo se percibía, imaginaba y entendía lo monstruoso y lo maravilloso en Europa entre los siglos XIII y XV.

El origen del libro nace de la fascinación del autor por comprender el famoso tríptico de Hieronymus Bosch, El jardín de las delicias, llevándolo a investigar qué significaba realmente el monstruo para la mentalidad del hombre medieval antes de ser descartado por la racionalidad moderna.

A continuación, se presenta un resumen de los temas y ejes principales de la obra, los cuales se dividen a lo largo de sus capítulos:


1.
La Cosmología, los Viajes y lo Imaginario Kappler explica que, para la mente medieval, el universo estaba regido por una geometría simbólica donde todo tenía un lugar y un significado. Los monstruos solían ubicarse en los “márgenes” o confines del mundo conocido, como en Oriente o África, actuando como un límite donde la Naturaleza se volvía extraña. Los libros de viajes (reales o imaginarios) de autores como Marco Polo, Jean de Mandeville, Odorico de Pordenone, e incluso los diarios de Cristóbal Colón, sirvieron como el vehículo principal para explorar este mundo. Para estos viajeros, el viaje no era solo una exploración geográfica, sino una travesía mitológica, a menudo motivada por la nostalgia y la búsqueda física del Paraíso Terrenal.

 

2. Tipología del Monstruo (El juego de las formas) Una gran parte del texto se dedica a clasificar a los monstruos según una lógica de anatomía fantástica. El monstruo medieval se construye alterando la normalidad mediante:

Carencia de algo esencial: Seres sin cabeza que tienen el rostro en el pecho (blemias), seres sin boca (astomori) o sin pies.

Hipertrofia o multiplicidad: Hombres con orejas gigantes (panotios), hombres con un solo pie gigante que usan para hacerse sombra (esciápodos), o criaturas con varios brazos y cabezas.

Mezcla e hibridación de reinos: La unión de lo que debería estar separado, como la fusión animal-vegetal (el cordero vegetal o “planta-animal” de Tartaria), mineral-animal, o los cruces mitológicos humano-animales como los centauros, las sirenas y los hombres con cabeza de perro (cinocéfalos).

Monstruos destructores: Gigantes, caníbales y seres venenosos que devoran o destruyen.

 

3. La noción filosófica y teológica del monstruo Kappler desmitifica la idea de que la Edad Media veía al monstruo simplemente como un “error”. Apoyándose en el pensamiento de San Agustín, aclara que el monstruo no va contra la Naturaleza, sino contra lo que nosotros conocemos de ella. En la teología medieval, el universo es una obra de arte divina, y el monstruo es una prueba de la infinita libertad, diversidad y riqueza creadora de Dios. Si el humano no comprende al monstruo, es debido a la limitación de su propio horizonte intelectual, ya que, dentro del plan divino, el monstruo aporta un contraste estético y subraya la armonía universal.

4. Las funciones psicológicas y simbólicas En su última parte, el autor analiza qué función cumplían estas criaturas en el alma humana. El monstruo actuaba como un receptáculo donde la sociedad medieval proyectaba sus pulsiones más profundas, angustias y deseos. Tiene una estrecha relación con la sexualidad, el pecado y lo demoníaco; figuras monstruosas, súcubos, íncubos y brujas encarnaban los temores hacia la lujuria y la anatomía femenina, sirviendo a la vez como objeto de castigo y de fascinación inconfesable.

 

En conclusión, la obra demuestra que, a fines de la Edad Media, el monstruo era un elemento indispensable: operaba como un símbolo totalizador del mundo, un límite del conocimiento, una prueba de la grandeza de Dios y un espejo de los laberintos del inconsciente humano.

De la gran cantidad de los grabados que presenta el libro, seleccionamos algunos de ellos para tener una mirada sobre ellos. 


Este grabado es un mandala alquímico que representa la unión de los principios solares y lunares, mediada por Mercurio, símbolo de transformación y equilibrio. La imagen condensa la cosmología alquímica: Sol y Luna como polaridades, Mercurio como mediador, y la inscripción de Basilius que remite a la tradición de Basilio Valentín, uno de los grandes alquimistas medievales.

·        Sol (SOL): Representado con rostro y rayos, simboliza el principio masculino, activo, la conciencia y la energía vital.

·        Luna (LUNA): Figura desnuda con el creciente lunar, encarna el principio femenino, receptivo, la imaginación y lo inconsciente.

·        Mercurio (MERCVRIVS): El mediador alquímico, asociado a la transmutación y a la unión de opuestos. Es el “espíritu” que permite que Sol y Luna se integren.

·        Basilius: Referencia a Basilio Valentín, monje benedictino del siglo XV, autor de tratados alquímicos que influyeron en la iconografía esotérica.

·        Animales y ornamentos: El caballo, el ave y las ondas sugieren fuerzas naturales y espirituales que acompañan el proceso de transformación.

·        Inscripciones en latín y alemán: “Ex duabus naturis” (“De dos naturalezas”) y “Ein ewiger Gott” (“Un Dios eterno”) refuerzan la idea de unidad trascendente que surge de la dualidad.

 

Significado simbólico

Dualidad y unión: Sol y Luna representan los polos opuestos (masculino/femenino, activo/pasivo, espíritu/materia). La alquimia busca su integración en la “coniunctio” o matrimonio alquímico.

Mercurio como puente: Es la sustancia y el espíritu que une, el principio de transformación que hace posible la síntesis.

Dimensión teológica: La inscripción sobre Dios eterno sugiere que la alquimia no es solo técnica, sino también una vía espiritual hacia la unidad divina.

Geometría y paisaje: Los patrones geométricos y las ondas evocan la estructura del cosmos y el flujo de energías naturales.



Este conjunto de diagramas refleja dos concepciones medievales del mundo: una climática y otra geográfica, ambas con fuerte carga simbólica y pedagógica.

 

Fig. 2 – Zonas climáticas

El círculo está dividido en franjas horizontales: Frigida, Zona australis, Temperata, Torrida, etc.

Representa la teoría antigua (derivada de Aristóteles y Ptolomeo) de las zonas de la Tierra:

Ø  Dos regiones frías en los polos (Frigida).

Ø  Dos zonas templadas habitables (Temperata).

Ø  Una zona tórrida en el ecuador, considerada inhabitable por su calor extremo.

Este esquema muestra cómo se concebía la distribución de climas y la habitabilidad del planeta.

 

Fig. 3 – Imago mundi de Honorio de Autun

Es un clásico mapa T-O: el mundo circular dividido en tres partes por una “T”.

Asia ocupa la parte superior (orientada hacia el este, donde nace el sol).

Europa y África se ubican en la parte inferior, separadas por el Mediterráneo (mare magnum).

El océano rodea todo el círculo.

Este tipo de mapas no buscaban precisión geográfica, sino transmitir una visión teológica y simbólica del mundo: la unidad de la creación bajo Dios.

 

Significado simbólico

Cosmos ordenado: ambos diagramas muestran un mundo estructurado, regido por leyes naturales y divinas.

Pedagogía medieval: eran herramientas visuales para enseñar cosmología y geografía en monasterios y escuelas.

Orientación espiritual: el mapa T-O coloca Asia arriba porque allí estaba Jerusalén, centro espiritual del mundo.

 

Samuel Bard

 

Samuel Bard

1 de abril de 1742 – 24 de mayo de 1821

Filadelfia, Pensilvania – Hyde Park, Nueva York

 

Fue un médico estadounidense.

Estudió primero en la Universidad de Columbia en Nueva York antes de embarcar hacia Europa en 1761. En Europa, cursó una formación médica más completa. Pasó cinco años en Europa viajando por Francia, Inglaterra y Escocia. Finalmente, se graduó como médico en la Universidad de Edimburgo en 1765.

Cuando Bard regresó a las colonias americanas, descubrió que su padre estaba endeudado por la educación que recibió. Su educación le había costado varios miles de libras. Bard se asoció con su padre en Hyde Park. Durante tres años trabajó para saldar su deuda. El salario del negocio solo le alcanzaba para cubrir sus gastos personales.

Durante el primer año tras su regreso a América, Bard trazó un plan para establecer una escuela de medicina en la ciudad de Nueva York. Mientras Bard saldaba sus deudas, la escuela se fundó y, en 1769, otorgó sus primeros títulos de medicina. Al mismo tiempo, Bard fundó el primer hospital de la ciudad de Nueva York. Desafortunadamente, el edificio fue incendiado y no se estableció por completo hasta 1791.

Durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, Bard huyó de la ciudad con su familia. Los instaló en casa de su padre y luego regresó a Nueva York por su cuenta. Allí ejerció su profesión mientras las tropas británicas ocupaban la ciudad.

Al finalizar la Guerra de Independencia de Estados Unidos, George Washington nombró a Bard médico de cabecera. Desafortunadamente, la familia de Bard enfermó debido a un brote de escarlatina. Perdió a cuatro de sus seis hijos y su esposa enfermó. Se retiró del negocio para atender a su familia. En 1784, regresó a la ciudad de Nueva York.

En 1798, con la intención de retirarse del mundo empresarial, Bard regresó a Hyde Park. Casi al mismo tiempo, se produjo un brote de fiebre amarilla. Bard no dudó en ayudar a los enfermos. Desafortunadamente, contrajo la enfermedad. Su esposa lo cuidó hasta que recuperó la salud. Durante el resto de su vida, tras el brote de fiebre amarilla, disfrutó de un feliz retiro. En 1813, fue nombrado presidente del Colegio de Médicos y Cirujanos.

Bard falleció el 24 de mayo de 1821. Murió de pleuresía, una enfermedad respiratoria.

***

Bard era miembro de Union Lodge en la ciudad de Nueva York, Nueva York.

 

Este artículo fue proporcionado por el hermano Eric C. Steele.

 

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