EL
ARTE DE LO OCULTO XXXIII
Un
libro de consulta visual para el místico moderno
S.
Elizabeth
Ediciones
Akal, 2024, Madrid
Roy Lichtenstein
(1923-1997)
Drowning Girl
La obra de Roy Lichtenstein leída desde un punto de vista esotérico se convierte en un espejo ritual de la modernidad.
Sus cómics ampliados, los puntos Ben-Day y las escenas
banales son símbolos iniciáticos de la constante tensión entre lo visible y lo
oculto.
Ø Geometría
sagrada: En el plano hermético, el punto repetido es una matriz simbólica
industrial.
Ø Código
ritual: la multiplicación infinita del patrón gráfico se refiere a los mosaicos
rituales masónicos donde la repetición deja de ser decoración y se convierte en
un código.
Cada punto es una célula, átomo o signo que participa en el
todo; lo cotidiano se convierte en cosmos simbólico.
El uso de cómics es inversión simbólica, lo que en la
cultura de masas es entretenimiento es jeroglífico en su obra; sus figuras se
convierten en arquetipos:
Ø La
mujer llorando en Drowning Girl: ella es la sacerdotisa atrapada en el mar de
emociones donde el agua iniciática amenaza con ahogarla si no transmuta.
Ø El
avión en combate: fuego, voluntad y rayo que destruye para purificar.
El uso de colores planos y saturados adquiere un aspecto
ritual explícito:
Ø Rojo:
simboliza la sangre y el sacrificio.
Ø Amarillo:
representa el oro alquímico.
Ø Azul:
encarna el espíritu.
Al despojar de gradación y sombra, Lichtenstein nos hace ver
la esencia desnuda de los símbolos como placas iniciáticas sin ambigüedad.
Esta lectura denuncia la ilusión del mundo moderno (la
cultura de masas es el velo de Maya; la repetición mecánica es prisión); pero
cuando nos detenemos en el patrón y la ironía encontramos que detrás de la
banalidad hay un rito de revelación.
Lichtenstein no es solo un artista pop sino un hierofante que convierte la iconografía banal en símbolos de conciencia. Sus pinturas son espejos rituales que nos dicen que la iniciación está en las cosas más banales y que el trabajo hermético es descifrar lo oculto en lo evidente.
Whaam!
Esta transmutación simbólica alcanza su apoteosis en obras como Whaam! (1963), entendida como un ritual de fuego y destrucción alquímica que comprime la violencia sagrada y la iniciación en un solo principio. La estructura del díptico organiza dos paneles que se oponen entre sí (como las dos columnas del templo masónico Jakin y Boaz), donde un lado es el poder del avión disparando y el otro expone la consecuencia de la explosión: entre ambas superficies se desarrolla un diálogo de causa y efecto, acción y reacción, donde el viaje del iniciado exige que cada impulso desencadene su propio opuesto.
En esta dinámica de purificación, el avión se toma como el
rayo hermético y la voluntad dirigida, una fuerza purificadora que rompe la
forma material (como en la alquimia) para liberar el espíritu encarnado; la
explosión del segundo panel es el fuego alquímico que destruye la materia física
para que la esencia pueda emerger; los destellos amarillos y rojos se refieren
al Sol, al oro filosófico y al sacrificio, la muerte ritual necesaria antes de
la regeneración. En este sentido, la onomatopeya que da título a la pieza actúa
como verdadera palabra de poder o mantra que activa la transmutación.
Los contornos duros de Lichtenstein, los colores saturados y los patrones tipográficos eliminan la ambigüedad psicológica para que la escena se convierta en un emblema arquetípico: la violencia no es un hecho real sino una ceremonia de destrucción cósmica necesaria para la renovación espiritual. Whaam! es así un verdadero altar pop donde la banalidad del cómic se convierte en un jeroglífico hermético que denuncia la ilusión mecánica del mundo moderno, recordándonos que la verdadera iniciación requiere pasar por el fuego purificador para que pueda nacer una nueva conciencia.
Cosmología (1978)
Desde el enfoque que venimos haciendo, esta obra es un mapa ritual del universo, un intento de traducir la arquitectura secreta del cosmos en lenguaje pop. En primer lugar, el título es una invocación, la cosmología no es un objeto sino un orden.
Lichtenstein toma palabras científicas y las convierte en un
jeroglífico visual. En términos hermenéuticos, nombrar el cosmos es participar
en su estructura (por así decirlo), por lo que la obra se convierte en un altar
contemporáneo.
El lenguaje gráfico –puntos Ben-Day, líneas geométricas,
colores planos- es una transposición de la bóveda celeste en un código
industrial. Los puntos infinitos recuerdan estrellas, átomos, células; la
repetición es un círculo sagrado, mecánico que recuerda la multiplicidad del
universo.
La geometría rígida es el orden oculto (la cuadratura del
círculo) ley que sostiene el caos aparente.
El color despliega un simbolismo alquímico: azul como
espíritu y vastedad; amarillo como oro solar; rojo como energía vital y sacrificio.
No es accidental, es la tríada alquímica de la materia a la transmutación.
La obra también puede leerse como una logia cósmica; espacio
ritual donde el iniciado contempla la totalidad. El espectador, confrontado con
la repetición de patrones y el orden geométrico, siente la tensión entre lo
infinito y lo mecánico, lo sagrado y lo banal –esa es la prueba iniciática;
reconocer que incluso en la estética industrial y pop hay un rastro de misterio
oculto.
La cosmología es un espejo iniciático porque muestra cómo lo
trivial –puntos, cómics, colores planos- puede convertirse en un símbolo del
orden universal.
Lichtenstein transforma lo banal en sagrado (como un
alquimista) mostrando que el cosmos puede leerse en términos pop pero también
herméticos.











