Claves para entender a los Maestros

26 julio 2019

Antonio Machado Ruiz

Antonio Machado Ruiz
26 de julio de 1875 – 22 de febrero de 1939
Sevilla – Coulliere

Fue un poeta español, el más joven representante de la generación del 98.


Su obra inicial, de corte modernista (como la de su hermano Manuel), evolucionó hacia un intimismo simbolista con rasgos románticos, que maduró en una poesía de compromiso humano, de una parte, y de contemplación casi taoísta de la existencia, por otra; una síntesis que en la voz de Machado se hace eco de la sabiduría popular más ancestral. Dicho en palabras de Gerardo Diego, «hablaba en verso y vivía en poesía».

Fue uno de los alumnos distinguidos de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), con cuyos idearios estuvo siempre comprometido.

Murió en el exilio en la agonía de la Segunda República Española. ​

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Varios autores han estudiado si Machado era masón o en qué grado lo fue. ​ Según António Apolinário Lourenço sería «prácticamente unánime» la aceptación de este hecho, aunque destaca la nula actividad del poeta en actividades de la orden. ​ Para el hispanista Paul Aubert, si bien este no descarta la posibilidad, no existen pruebas de su vinculación con ninguna logia, aunque señala sus contactos con miembros de la masonería. ​

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…cuando Machado dedica a Francisco Giner de los Ríos, director de la Institución Libre de Enseñanza en la que el poeta cursó estudios, el magnífico poema con motivo de su muerte, aparecen menciones expresas a símbolos y términos masónicos como yunques, luz, fraternidad y talleres: Y hacia otra luz más pura/ partió el hermano de la luz del alba,/ del sol de los talleres,/ el viejo alegre de la vida santa.
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Cincuenta años después de la muerte de Antonio Machado en el desolador invierno de su exilio en Colliure en 1939, se celebró en la Casa de Velázquez de Madrid un importante coloquio internacional organizado por la fundación que lleva el nombre del poeta y al que asistieron los más reputados especialistas en la vida y obra de don Antonio. Figuraba entre ellos Paul Aubert, que dictó una ponencia titulada Gotas de sangre jacobina: Antonio Machado republicano, en la que asegura, después de haber verificado una minuciosa consulta en la base de datos del Centro de Estudios de Historia de la Masonería Española (CEHME) de la Universidad Carlos III, que no hay constancia alguna de que el autor de Campos de Castilla fuera masón.
Lo único que pudo encontrar Aubert con referencia a esa cuestión es una carta suscrita por el director general de los Servicios Documentales de Salamanca, remitida el 18 de diciembre de 1957 a sus superiores, en la que se desestima la pertenencia de Antonio Machado a cualquier organización masónica. Dicha entidad, que centralizó la actividad represora durante los años que siguieron al término de la Guerra Civil, derivó después en Archivo General de la Guerra Civil y es en la actualidad Centro Documental de la Memoria Histórica, entre cuyos fondos se encuentran los miles de expedientes abiertos por el Tribunal Especial de Represión de la Masonería y el Comunismo (TERMC). El titular de dicho centro en los años cincuenta fue totalmente rotundo en la redacción de su misiva: “Consecuente a su atento escrito del Negociado Segundo y Antecedentes nº. 15857, de fecha 11 del actual, relativo a ANTONIO MACHADO RUIZ, tengo el honor de participar a V.E. que, hasta la fecha, no han aparecido antecedentes masónicos del citado individuo”.
Curiosamente sí existe un expediente del TERMC, el 1865, en el que consta el nombre de Antonio Machado –si bien no figura el segundo apellido–, que no se corresponde con los datos aportados por González López y Casalduero, pues el tal Machado pertenecía a la logia La Sagesse, radicada en Barcelona, entre cuyas actas aparece tal nombre en 1934 y 1936 con los cargos de hospitalario y limosnero dentro del cuadro de dignidades. Hay también otra referencia en la que se da cuenta, el 18 de junio de 1937, de que “como consecuencia de los actuales acontecimientos, se retiraron regularmente al abandonar España los siguientes socios: entre los que se citan figura Antonio Machado”. No existen más detalles acerca de la filiación y personalidad del mencionado, pero por los cronológicos parece desprenderse que ese Machado no es el poeta, residente primero en Segovia –donde aseguran los citados autores que fue donde ingresó en la masonería– y luego en la capital de España, Valencia y Barcelona (1938).
 De lo dicho se desprende que la tesis de Paul Aubert es hasta ahora la más verosímil y que la adscripción de Antonio Machado a la masonería resulta en la actualidad difícilmente demostrable, a pesar de aquella canción escrita por el poeta durante su estancia en Soria, de la que este año se cumple un siglo –conmemorado con un film de Antonio Hernández de inminente rodaje–, junto a su joven y llorada esposa Leonor: En Santo Domingo, / la misa mayor./ Aunque me decían/ hereje y masón,/ rezando contigo,/ ¡cuanta devoción!



Por su parte en la página oficial de la masonería argentina se nos presenta:
Perteneciente a la “Generación del 98” fue hijo de un recopilador de la poesía popular andaluza. Con su hermano Manuel, otro destacado hombre de letras, escribió obras de teatro. Llegó a Madrid en 1883 como profesor de la Universidad Central donde completó su formación intelectual, liberal y progresista. 

Diez años después publicó sus primeras prosas en La Caricatura. Conoció Francia en compañía de Manuel en 1899, trabajó como traductor de español para la Casa Garnier y entró en contacto con los poetas simbolistas franceses, en especial Paul Verlaine y el nicaragüense Rubén Darío. En 1903 dio a conocer Soledades, su primer poemario. Poco después ganó la cátedra de Lengua Francesa en un instituto de Soria. Publicó entonces Proverbios y Cantares. Volvió a París con una beca en la Sorbona para los cursos de Henri Bergson. A su regreso vivió en Segovia y Madrid, donde ingresó como miembro de la Real Academia Española. 


La sobriedad de su poesía y las reflexiones que lo acercan al pueblo, han hecho de Antonio Machado uno de los poetas que más ha relacionado la poesía con las expresiones populares. 
 
Defensor de la república en la Guerra Civil Española, gravemente enfermo y al borde de la ceguera marchó a Valencia en 1936 hasta exiliarse en Colliure, Francia, donde falleció el 22 de febrero de 1939. Había nacido en Sevilla el 26 de julio de 1875.


Antonio Machado fue iniciado masón en la Logia Mantua de Madrid perteneciente a la Gran Logia Española (1930).  Así lo consignó el historiador Emilio González López, profesor en la City University de Nueva York, en su trabajo El sol de la fraternidad

La Masonería Argentina rinde homenaje al gran poeta español y saluda en él a uno de sus queridos hermanos universales.


Nuevas Canciones
1924
En Santo Domingo
La misa mayor.
Aunque me decían
Hereje y masón
Rezando contigo
¡cuánta devoción!


Recuerdo de sueño, fiebre y duermevela
I
Esta maldita fiebre
que todo me lo enreda,
siempre diciendo: ¡claro!
Dormido estás: despierta.
¡Masón, masón!
            Las torres
bailando están en rueda.
Los gorriones pían
bajo la lluvia fresca.
¡Oh, claro, claro, claro!
Dormir es cosa vieja,
y el toro de la noche
bufando está a la puerta.
A tu ventana llego
con una rosa nueva,
con una estrella roja
y la garganta seca.
¡Oh, claro, claro, claro!
¿Velones? En Lucena.
¿Cuál de las tres? Son una
Lucía, Inés, Carmela;
y el limonero baila
con la encinilla negra.
¡Oh, claro, claro, claro!
Dormido estás. Alerta.
Mili, mili, en el viento;
glu-glu, glu-glu, en la arena.
Los tímpanos del alba,
¡qué bien repiquetean!
¡Oh, claro, claro, claro!
II
En la desnuda tierra...
III
Era la tierra desnuda,
y un frío viento, de cara,
con nieve menuda.

Me eché a caminar
por un encinar de sombra:
la sombra de un encinar.

El sol las nubes rompía
con sus trompetas de plata.
La nieve ya no caía.

La vi un momento asomar
en las torres del olvido.
Quise y no pude gritar.
IV
¡Oh, claro, claro, claro!
Ya están los centinelas
alertos. ¡Y esta fiebre
que todo me lo enreda!...
Pero a un hidalgo no
se ahorca; se degüella,
seor verdugo. ¿Duermes?
Masón, masón, despierta.
Nudillos infantiles
y voces de muñecas.
¡Tan-tan! ¿Quién llama, di?
—¿Se ahorca a un inocente
en esta casa?
         —Aquí
se ahorca, simplemente.
¡Qué vozarrón! Remacha
el clavo en la madera.
Con esta fiebre... ¡Chito!
Ya hay público a la puerta.
La solución más linda
del último problema.
Vayan pasando, pasen;
que nadie quede fuera.
—¡Sambenitado, a un lado!
—¿Eso será por mí?
¿Soy yo el sambenitado,
señor verdugo?
            —Sí.
¡Oh, claro, claro, claro!
Se da trato de cuerda,
que es lo infantil, y el trompo
de música resuena.
Pero la guillotina,
una mañana fresca...
Mejor el palo seco,
y su corbata hecha.
¿Guitarras? No se estilan.
Fagotes y cornetas,
y el gallo de la aurora,
si quiere. ¿La reventa
la hacen los curas? ¡Claro!
¡¡¡Sambenitón, despierta!!!
V
Con esta bendita fiebre
la luna empieza a tocar
su pandereta; y danzar
quiere, a la luna, la liebre.
De encinar en encinar
saltan la alondra y el día.
En la mañana serena
hay un latir de jauría,
que por los montes resuena.
Duerme. ¡Alegría! ¡Alegría!


VI

Junto al agua fría,
en la senda clara,
sombra dará algún día
ese arbolillo en que nadie repara.
Un fuste blanco y cuatro verdes hojas
que, por abril, le cuelga primavera,
y arrastra el viento de noviembre, rojas.
Su fruto, sólo un niño lo mordiera.
Su flor, nadie la vio. ¿Cuándo florece?
Ese arbolillo crece
no más que para el ave de una cita,
que es alma —canto y plumas— de un instante,
un pajarillo azul y petulante
que a la hora de la tarde lo visita.

VII
¡Qué fácil es volar, qué fácil es!
Todo consiste en no dejar que el suelo
se acerque a nuestros pies.
Valiente hazaña, ¡el vuelo!, ¡el vuelo!, ¡el vuelo!

VIII
¡Volar sin alas donde todo es cielo!
Anota este jocundo
pensamiento: Parar, parar el mundo
entre las puntas de los pies,
y luego darle cuerda del revés,
para verlo girar en el vacío,
coloradito y frío,
y callado —no hay música sin viento—.
¡Claro, claro! ¡Poeta y cornetín
son de tan corto aliento!...
Sólo el silencio y Dios cantan sin fin.


IX
Pero caer de cabeza,
en esta noche sin luna,
en medio de esta maleza,
junto a la negra laguna...
—¿Tú eres Caronte, el fúnebre barquero?
Esa barba limosa...
               —¿Y tú, bergante?
—Un fúnebre aspirante
de tu negra barcaza a pasajero,
que al lago irrebogable se aproxima.
—¿Razón?
        —La ignoro. Ahorcóme un peluquero.
—(Todos pierden memoria en este clima.)
—¿Delito?
        —No recuerdo.
                  —¿Ida, no más?
—¿Hay vuelta?
              —Sí.
                —Pues ida y vuelta, ¡claro!
—Sí, claro... y no tan claro: eso es muy caro.
Aguarda un momentín, y embarcarás.

X
¡Bajar a los infiernos como el Dante!
¡Llevar por compañero
a un poeta con nombre de Lucero!
¡Y este fulgor violeta en el diamante!
Dejad toda esperanza... Usted, primero.
¡Oh, nunca, nunca, nunca! Usted delante.

Palacios de mármol, jardín con cipreses,
naranjos redondos y palmas esbeltas.
Vueltas y revueltas,
eses y más eses.
«Calle del Recuerdo». Ya otra vez pasamos
por ella. «Glorieta de la Blanca Sor».
«Puerta de la luna». Por aquí ya entramos.
«Calle del Olvido». Pero ¿adónde vamos
por estas malditas andurrias, señor?

—Pronto te cansas, poeta.
—«Travesía del Amor»...
¡y otra vez la «Plazoleta
del Desengaño Mayor»!...


XI
—Es ella... Triste y severa.
Di, más bien, indiferente
como figura de cera.
—Es ella... Mira y no mira.
—Pon el oído en su pecho
y, luego, dile: respira.
—No alcanzo hasta el mirador.
—Háblale.
         —Si tú quisieras...
—Más alto.
         —Darme esa flor.
¿No me respondes, bien mío?
¡Nada, nada!
Cuajadita con el frío
se quedó en la madrugada.
XII
¡Oh, claro, claro, claro!
Amor siempre se hiela.
¡Y en esa «Calle Larga»
con reja, reja y reja,
cien veces, platicando
con cien galanes, ella!
¡Oh, claro, claro, claro!
Amor es calle entera,
con celos, celosías,
canciones a las puertas...
Yo traigo un do de pecho
guardado en la cartera.
¿Qué te parece?
            —Guarda.
Hoy cantan las estrellas,
y nada más.
         —¿Nos vamos?
—Tira por esa calleja.
—Pero ¿otra vez empezamos?
«Plaza Donde Hila la Vieja».
Tiene esta plaza un relente...
¿Seguimos?
          —Aguarda un poco.
Aquí vive un cura loco
por un lindo adolescente.
Y aquí pena arrepentido,
oyendo siempre tronar,
y viendo serpentear
el rayo que lo ha fundido.
«Calle de la Triste Alcuza».
—Un barrio feo. Gentuza.
¡Alto!... «Pretil del Valiente».
—Pregunta en el tres.
                —¿Manola?
—Aquí. Pero duerme sola:
está de cuerpo presente.
¡Claro, claro! Y siempre clara,
le da la luna en la cara.
—¿Rezamos?
           —No. Vamonós.
Si la madeja enredamos
con esta fiebre, ¡por Dios!,
ya nunca la devanamos.
... Sí, cuatro igual dos y dos.





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