El Templo de Jerusalén en
el Simbolismo Masónico
Arquitectura, Cosmos y Tradición Primordial
La Figura de Hiram Abiff y la Maestría
de los Oficios
El Templo de Salomón está en la masonería,
a través de sus ritos y símbolos; se ve en la propia Logia aplicando su modelo;
también está presente en sus mitos y leyendas donde se recogen episodios
importantes de su historia. El tema central es el maestro Hiram.
Los textos bíblicos hablan de números muy
altos de trabajadores y describen hombres de diferentes orígenes. En este
sentido, la construcción del Templo no puede verse solo como una obra
arquitectónica, sino también como un lugar de encuentro entre tradiciones,
técnicas y conocimientos que, según la interpretación simbólica posterior,
habrían contribuido a darle su carácter sagrado.
A la cabeza de este trabajo especializado
se encuentra Hiram Abi, también conocido simplemente como Hiram, maestro de la
metalurgia y de todos los oficios. En la tradición masónica, está
simbólicamente conectado con Tubal-caín, mencionado en el Génesis como un
ancestro de aquellos que trabajaron con bronce y hierro (el vínculo entre la
antigua tradición de los forjadores y el simbolismo del fuego permite así una
conexión entre la fuerza física capaz de cambiar la materia y el símbolo de la
transformación interior del hombre).
Salomón pide al rey Hiram de Tiro que le
envíe un artesano que pueda hacer lo necesario para el Templo. La respuesta
muestra que Hiram Abi tenía habilidades extraordinarias: trabajaba el oro, la
plata, el bronce, el hierro, la piedra y la madera, así como telas y grabados.
Así que no era solo un trabajador de un oficio, sino un maestro de muchos
oficios porque había reunido diversos conocimientos y los había puesto en
práctica muy bien.
Desde un punto de vista esotérico, esta
multiplicidad de habilidades podría tomarse como la expresión de una tradición
de conocimiento en la que las artes no estaban necesariamente separadas, sino
que formaban parte de una visión más amplia del mundo. La geometría, la
construcción, la metalurgia y la ornamentación podrían entenderse como medios
para expresar un orden superior al establecer una correspondencia entre las
formas materiales y los principios que (según las antiguas ideas cosmológicas)
gobernaban el universo.
En este sentido, Hiram Abi es el guardián
de un conocimiento que va más allá de la habilidad manual: conocimiento de las
proporciones, de cómo las partes se relacionan entre sí y cómo la materia puede
convertirse en obra; por lo tanto, la tradición masónica ha encontrado en su
figura un símbolo del maestro que transmite los secretos del oficio y sabe que
la verdadera construcción exige tanta habilidad técnica como disciplina y
conocimiento.
El contraste entre la tradición hebrea,
vinculada durante tanto tiempo a una organización social seminómada, y aquellas
culturas circundantes que habían desarrollado una amplia experiencia en
arquitectura, metalurgia y construcción monumental también es notable. La
construcción del Templo (tal como se presenta en el relato bíblico) muestra
precisamente este encuentro de tradiciones y conocimientos: a partir de aquí,
artesanos experimentados provenientes de otros reinos habrían podido introducir
técnicas y procedimientos necesarios para tal obra.
El Templo como Cosmograma y Metáfora de
la Transformación Humana
La lectura esotérica va aún más allá: el
conocimiento geométrico y constructivo no solo se utilizaba para resolver
problemas prácticos, sino también para la reproducción simbólica del orden del
cosmos. El Templo habría sido concebido entonces como una representación del
universo en la que los espacios, las proporciones arquitectónicas, el
mobiliario y los elementos decorativos expresaban diferentes niveles de
realidad (la construcción material se convertía así en una imagen del orden
universal).
Así, el Templo de Salomón asume en la
tradición masónica y esotérica un doble significado. Por un lado, es una obra
material (conocimiento organizado y técnico necesario para dominar varios
oficios) que debe realizarse; por otro lado, simboliza la posibilidad de
ordenar la materia según principios superiores. De esta manera, Hiram Abi se
convierte en el maestro que conoce tanto el conocimiento práctico como las
leyes de la construcción.
La enseñanza simbólica que emerge de esta
tradición es que construir no solo se trata de levantar muros o dar forma a los
materiales. También se trata de reconocer un orden, conocer sus proporciones y
trabajar conscientemente para reproducirlo. Así, el Templo deja de ser un edificio
del pasado para convertirse en una imagen del hombre mismo, llamado a
transformar su materia interior (conocimiento, trabajo, armonía) a través del
conocimiento, el trabajo y la armonía.
Los templos y santuarios en las
civilizaciones tradicionales no eran edificios para ser utilizados en el culto
religioso. Su estructura tenía un significado mucho más profundo: eran imágenes
del cosmos mismo, pero también formas de expresar cómo el mundo visible se
relaciona con la realidad trascendente. Desde este punto de vista, el Templo de
Jerusalén es una imagen simbólica del universo en el que cada espacio y
elemento tenía su función.
Estructura Arquitectónica: Del Ulam al
Debir y la Alianza Divina
En el centro del Debir se encontraba el
Arca de la Alianza custodiada por dos querubines alados. En ella se guardaban
las Tablas de la Torá (el testimonio permanente de la alianza entre Dios e
Israel); pero desde un punto de vista tradicional, esta alianza también puede
entenderse en otro sentido: como el vínculo entre el hombre y el principio
divino que no es definible pero se expresa a través de su Nombre –el Dios
inefable cuyo Ser y acción creativa se expresan a través de la Palabra o Logos
(un principio que la tradición masónica reconoce simbólicamente bajo la
denominación de Gran Arquitecto del Universo).
Las Columnas Jakin y Boaz: Simbolismo
Solar y Geometría Sagrada
Así como en la Logia (cuyo arreglo ritual toma como referencia el Templo de Jerusalén), Jakin y Boaz pueden ser símbolos que se refieren al orden cósmico y al viaje anual del Sol. Para entender esta asociación debemos remontarnos a las antiguas observaciones del cielo cuando los movimientos aparentes del astro solar ayudaban a reconocer los cambios de estaciones y establecer ciclos del calendario.
El
observador estaba en el centro del espacio sagrado (mirando al Este) y seguía
los movimientos del punto donde el Sol salía a lo largo del horizonte. Durante
el año, ese punto se movía entre dos posiciones extremas (solsticio de verano y
solsticio de invierno) porque tenía que ver con la posición de la Tierra
alrededor del Sol (los solsticios de verano e invierno). Para marcar esos
límites se usaban diferentes elementos (postes, piedras o menhires en algunos
antiguos santuarios de Bretaña e Inglaterra, por ejemplo). En construcciones
posteriores, esa misma función simbólica podía expresarse a través de columnas.
Desde este punto de vista, Jachin y Boaz no
serían ornamentos del Templo, sino límites de un viaje solar que permitía
ordenar simbólicamente el espacio y el tiempo: los solsticios eran extremos del
ciclo anual; los equinoccios completaban el esquema estableciendo el eje
correspondiente al Este y Oeste. Así, ambos ejes formaban la cruz cuaternaria
que en muchas tradiciones expresa la organización del espacio alrededor de los
cuatro puntos cardinales y su relación con los ciclos de la naturaleza.
A este mismo universo de significados
pertenecía otra de las obras atribuidas al maestro Hiram: el Mar de Bronce, en
la esquina sureste del atrio cerca de la entrada del Templo.
El Mar de Bronce: Astronomía, Cosmología
y Rituales Sacerdotales
Este gran recipiente de bronce se usaba
para las abluciones de los sacerdotes (II Crónicas 4:6). Pero desde algunas
lecturas simbólicas se ha sugerido que también representaba una realidad
cosmológica más amplia: el Océano Celestial o lo que se llama “Aguas Superiores”
(esta lectura se basa principalmente en su forma circular y en que permanecía
lleno de agua hasta el borde).
Desde esta lectura, el Mar de Bronce es una
imagen del cielo reflejado en el agua; incluso su superficie podría haber sido
utilizada para observar el firmamento y seguir el movimiento de estrellas y
constelaciones. Si es así, habría permitido observaciones de ciclos celestiales
y correspondencias con el calendario religioso y ritual, pero debemos
distinguir esta lectura simbólica de la función que las fuentes bíblicas
expresamente indican que era para las abluciones sacerdotales.
Otra cosa que llama la atención es que el
Mar de Bronce descansaba sobre cuatro grupos de tres toros (doce figuras en
total), que pueden asociarse simbólicamente con los doce meses del año y los
doce signos del zodiaco. Cada grupo estaba orientado hacia uno de los cuatro
puntos cardinales: Este, Oeste, Sur y Norte. Esto nos recuerda cómo las doce
tribus de Israel estaban organizadas alrededor del campamento durante su marcha
por el desierto; una distribución que algunas interpretaciones tradicionales
también han vinculado a los signos del zodiaco y al ciclo anual.
Esta forma de concebir el espacio sagrado
explica por qué el Templo de Jerusalén tiene un lugar tan importante en la
tradición masónica. Más allá de su aspecto histórico y religioso, se convirtió
en un modelo simbólico donde la arquitectura, el cosmos y la búsqueda
espiritual parecen estar estrechamente relacionados: el edificio no es solo un
lugar de culto, sino también una imagen ordenada del universo y una expresión
de la aspiración humana de entender lo que lo gobierna.
La explanada donde se encontraba el Templo
de Jerusalén estaba en la cima del Monte Moriah, tan central en relación con
las colinas que lo rodean (Monte de los Olivos, Bezetha, Gareb y Sion). Esta
ubicación tiene un significado especial si se lee desde el simbolismo de las
tradiciones antiguas: para ellas, el centro de un espacio sagrado no era un
punto elegido al azar, sino más bien la unión entre la tierra y el cielo.
Desde este punto de vista, el Monte Moriah
y el Templo construido sobre él son una imagen del Centro Supremo
(simbólicamente identificado con la Jerusalén Celestial). En la tradición
bíblica, Salem se asocia con la paz y está vinculada a los orígenes de
Jerusalén. El nombre de Salomón también se asocia tradicionalmente con la idea
de paz (como significa su propio nombre). Así, ciudad, monte y templo están
unidos por una idea: un lugar sagrado donde el orden terrenal refleja una
realidad superior.
El carácter sagrado del Monte Moriah
permite leer (en esta concepción tradicional) dentro de él el Axis Mundi (el
principio simbólico que conecta el cielo con la tierra y vincula la realidad
visible con la realidad invisible). Algunos masones del siglo XVIII incluso
identificaron a Moriah con la montaña primordial en cuya cima estaba el Paraíso
terrenal. Esa misma identificación se extendió al Templo de Jerusalén, que fue
visto como una representación de ese lugar original. Desde este punto de vista,
el Templo habría sido construido como una imagen o recreación simbólica del
Centro Supremo, manteniendo en su estructura la memoria de un estado de la
humanidad antes de la creación.
Esta idea nos lleva a una antigua leyenda
masónica con un profundo simbolismo. Debajo del Templo de Jerusalén, en las
profundidades del Monte Moriah, había varias cámaras subterráneas, una debajo
de otra, por las que al descender se encontraban espacios cada vez más
profundos hasta que finalmente se llegaba a una enorme bóveda tallada
directamente en la roca.
Esa bóveda se consideraba en sí misma un
verdadero templo subterráneo. Allí estaban los principales instrumentos y
símbolos del arte masónico (escuadra y compás, nivel y plomada, regla, paleta,
mazo y cincel...). También aparecía el Delta, con el Nombre del Gran Arquitecto
del Universo grabado en una de sus caras. Esta construcción habría sido hecha
por Enoc antes del Diluvio (la tradición sitúa esto cerca de los comienzos de
la humanidad).
Más allá de su valor histórico (que
pertenece a la leyenda y no a hechos verificados), esta historia nos permite
entender una de las ideas que subyacen al simbolismo masónico: existe un
conocimiento primordial que atraviesa eras y se transmite de generación en
generación. La bóveda subterránea representa en este sentido aquello que
permanece oculto, pero no desaparece; conocimiento que en ciertos períodos
puede estar fuera de la vista, pero sigue vivo, esperando ser recuperado por
aquellos que desean entenderlo.
Desde esta perspectiva, el simbolismo
masónico no solo se ve como un conjunto de emblemas y enseñanzas creadas en una
cierta era, sino también como la expresión de una tradición que se esfuerza por
preservar principios que son universales y permanentes. Esta concepción
corresponde con la idea de la Filosofía Perenne entendida como un conjunto de
verdades fundamentales que diferentes tradiciones habrían expresado a través de
diferentes lenguajes, ritos y símbolos (a los ojos de René Guénon, el
ocultamiento de este conocimiento estaba estrechamente relacionado con el
desarrollo de la iniciación y las condiciones particulares bajo las cuales debe
tener lugar la transmisión tradicional).
Enoc es señalado en la leyenda como el
primer iniciado y aquel que transmite conocimiento que vivirá después de su
muerte. Él es el iniciador primordial cuya influencia vive a través de sus
sucesores espirituales (simbólicamente Hiram renace ritualmente en cada nuevo
maestro masón y su memoria mantiene viva la continuidad de la Orden). Así, Enoc
y Hiram son ambos símbolos para la tradición masónica de la permanencia de la
enseñanza más allá de los individuos y las eras: no solo la preservación de
algunos símbolos o instrumentos, sino la transmisión del espíritu que les da
significado. Así, la cadena iniciática se convierte en una imagen de
continuidad: cada generación recibe una herencia, la interpreta y la transmite
a la siguiente tratando de mantener vivo lo que considera el núcleo de la
tradición.
Guénon, R. (1995). Apercepciones sobre la
iniciación. Editorial Indagaciones.
Guénon, R. (2001). Símbolos fundamentales
de la ciencia sagrada. Paidós.
Guénon, R. (2003). Estudios sobre la
Francmasonería y el Compañerazgo. Editorial Obelisco.
Josefo, F. (2002). Antigüedades de los
judíos. Editorial Akal.
Sagrada Biblia (2008). Biblioteca de
Autores Cristianos.





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