EL
ARTE DE LO OCULTO XXXIV
Un
libro de consulta visual para el místico moderno
S.
Elizabeth
Ediciones
Akal, 2024, Madrid
Carl Bertling
(1835 - 1918)

Diana despertando a Apolo (1910)
Carl Bertling (1835–1918) fue un pintor alemán
asociado con la tradición artística de Düsseldorf cuyo trabajo se
desarrolló en el siglo XIX. Su obra es principalmente pintura histórica,
retratos y escenas de género en una época en que la pintura europea estaba
estrechamente relacionada con la literatura, la mitología, los relatos bíblicos
y las historias tradicionales.
Para ver su obra desde un punto de vista esotérico, debemos
recordar que en el siglo XIX la pintura figurativa no siempre trataba sobre un
evento o escena narrativa: el cuerpo, los gestos, los objetos y el espacio
podían tener significados distintos a lo que se percibe inmediatamente.
En este caso, la imagen pictórica podría convertirse en una
forma de expresar conflictos morales, estados espirituales, procesos de
transformación y reflexiones sobre la condición humana.
Sin embargo, la lectura esotérica de una obra de Bertling
debe comenzar con la siguiente distinción: no se está diciendo que el artista
perteneciera a una corriente iniciática determinada o que concibiera sus
pinturas según una doctrina esotérica particular. El objetivo es explorar las
posibilidades simbólicas de sus imágenes (relaciones interpretativas con
ciertas tradiciones filosóficas, religiosas y herméticas siempre que los
elementos representados lo permitan).
Desde este punto de vista, la relación entre lo visible y lo
invisible se vuelve especialmente importante: la pintura puede verse como una
superficie sobre la cual se proyecta una realidad externa, pero también como un
espacio simbólico donde se expresan tensiones. El evento representado es
entonces el primer nivel de lectura; detrás de él se pueden percibir otras
dimensiones: lucha entre fuerzas opuestas, destino, conciencia, culpa,
purificación o posibilidad de transformación espiritual.
Uno de los aspectos más interesantes a considerar en este
tipo de análisis es el del cuerpo humano.
En la tradición simbólica occidental, puede interpretarse
como una expresión de la condición terrenal del ser humano, y los gestos y
actitudes pueden referirse a estados psicológicos o espirituales (figura
erguida, caída, contemplativa o bajo tensión física). Estas figuras pueden
tener significados que no se limitan a la acción narrativa, sino que se
refieren a diferentes estados de existencia.
También es necesario buscar elementos naturales, animales,
objetos y espacios arquitectónicos. La naturaleza puede ser el escenario de una
experiencia humana, pero también fuerzas primordiales; los animales pueden
tener significados asociados con instintos, pasiones o ciertas cualidades
espirituales; los objetos se convierten en instrumentos simbólicos cuando están
presentes de manera particular dentro de la composición.
En el hermetismo, estas relaciones pueden abordarse desde la
correspondencia entre el mundo externo y la interioridad del hombre. La escena
pictórica puede entenderse como representación de procesos que se desarrollan
simultáneamente en diferentes niveles (material, psicológico y espiritual).
Así, la obra puede abordarse como un espacio para la reflexión sobre la
naturaleza humana y las posibilidades de cambio en ella.
La imagen ya no representa un episodio, sino que se
convierte en un posible lenguaje simbólico capaz de expresar conflictos
universales, así como de sugerir otra dimensión de la experiencia humana.
Diana Despertando a Apolo (1910) de Carl Bertling.
Tenemos una escena mitológica que, más allá de la
interpretación narrativa, puede entenderse como simbólica del despertar de la
conciencia, la oscuridad hacia la luz y las fuerzas nocturnas con las fuerzas
solares.
Desde un punto de vista esotérico, la obra es una alegoría
del cambio espiritual. La escena parece tener lugar en una zona de transición
entre el sueño y la vigilia, la inconsciencia y el conocimiento: las figuras
mitológicas dejan de ser personajes de la tradición clásica y se convierten en
representaciones de fuerzas y estados internos.
Hay una clara división entre dos mundos. En la parte
inferior, Apolo yace reclinado aún dormido; en la superior, una figura femenina
solemne y misteriosa se eleva sobre una masa de nubes oscuras. Detrás de ella
emerge una escena luminosa poblada por figuras mitológicas y caballos que
parecen anunciar la llegada de una nueva realidad. La disposición espacial
permite una oposición simbólica entre oscuridad y luz (estado latente de
conciencia frente a plena manifestación).
La figura de Diana: el principio lunar y la mediación
espiritual.
La figura central de Diana es una de las partes más
importantes de la composición. Su cuerpo está envuelto en un manto oscuro; sus
brazos están extendidos en una actitud que parece ser de autoridad, invocación
y revelación. Su rostro está parcialmente cubierto, lo que aumenta el misterio
de su presencia. En la mitología clásica, Diana (Artemisa en griego) es la
diosa de la caza, la naturaleza salvaje y (por asociación tradicional) la Luna.
Desde un punto de vista esotérico, estos rasgos nos permiten
relacionarla con el principio lunar (simbólicamente receptivo, intuitivo, lado
nocturno de la existencia). El manto oscuro que cubre su figura podría tomarse
como lo que aún está oculto a la conciencia, no necesariamente maldad o
negatividad, sino misterio, profundidad y estado del cual la manifestación
luminosa aún no ha emergido.
Diana parece mediar entre dos realidades. El hecho de que
esté de pie (a diferencia de Apolo, que yace en el fondo) implica que participa
directamente en el proceso de despertar. No solo observa la escena: parece
estar involucrada en ella misma. De esta manera, Diana podría ser vista como la
intuición antes del conocimiento consciente. Ella es quien rompe la oscuridad y
abre el camino para que aparezca la luz.
Apolo: el principio solar y el despertar de la
conciencia. En la parte inferior de la pintura tenemos a Apolo desnudo
sobre un lecho de telas rojas. Su cuerpo aún está dormido, pero su postura y la
orientación de su cabeza muestran que está comenzando a responder al movimiento
de Diana. Apolo es tradicionalmente considerado como un dios del sol, con luz,
música, artes, profecía y armonía.
Esotéricamente hablando, aquí representa el principio
luminoso de la conciencia (la capacidad de conocer y ordenar el mundo mediante
el conocimiento). Su sueño puede verse metafóricamente como inconsciencia
espiritual. Apolo tiene la luz, pero aún no se ha manifestado.
Está latente, como si la conciencia estuviera dormida en las
profundidades de la materia. Despertarlo adquiere entonces un significado
simbólico fundamental. No solo significa interrumpir el descanso de una deidad,
sino manifestar nuevamente el principio solar. Apolo es lo que debe ser
despertado dentro del ser humano: inteligencia espiritual, claridad interior y
reconocimiento de una realidad que hasta entonces había estado velada. Su
desnudez también puede leerse como la naturaleza esencial del ser mismo.
Desnudo, aparece como una figura que no necesita ocultar su condición
primordial despojada de vestimentas. Simbólicamente hablando, el cuerpo desnudo
puede representar la verdad despojada de apariencias; esencia que queda después
de que las máscaras de la personalidad desaparecen. La oposición entre
oscuridad y luz. Uno de los elementos más llamativos de la obra es el contraste
entre el área oscura donde se encuentran Diana y Apolo y el espacio luminoso
detrás de la figura femenina que se abre (no necesariamente en un sentido de
lucha entre el bien y el mal). La oscuridad y la luz pueden leerse desde un
punto de vista esotérico como dos estados complementarios del mismo proceso. La
oscuridad es el reino oculto, la potencialidad y lo que aún no ha tomado forma;
la luz es manifestación, conocimiento y revelación.
La pintura parece decir: La luz no surge espontáneamente,
sino que debe pasar por un proceso de preparación antes de manifestarse. Antes
del despertar de Apolo, hay un retiro de oscuridad y misterio. Diana es
precisamente ese espacio de transición. De esta manera, la obra puede
relacionarse con una idea encontrada en muchas tradiciones iniciáticas: el
conocimiento no proviene de acumular información, sino de una transformación
interior que lleva al individuo de la ignorancia a conocerse mejor a sí mismo.
La oscuridad adquiere entonces un valor iniciático: es donde la persona está
antes de despertar, donde las certezas previas se disuelven y donde comienzan a
prepararse para una nueva forma de comprensión.
Eros y las fuerzas del deseo. En la esquina inferior
derecha hay una figura infantil identificable con Eros o Cupido sosteniendo un
arco y una flecha. Añade otra dimensión a la composición vinculada al deseo, la
atracción y las fuerzas que impulsan la existencia hacia adelante. En la
tradición clásica, Eros es el impulso que acerca a los seres y los une.
Esotéricamente, podría leerse como energía primordial que pone en movimiento lo
que permanece inmóvil.
La relación entre Eros y Apolo también es interesante. La
conciencia no se despierta solo a través de la razón o la voluntad, sino
también a través de una fuerza interior que impulsa al hombre a buscar, conocer
y transformar su propia existencia. La flecha de Eros puede entonces adquirir
un significado simbólico que se refiere a la dirección de la energía. No es
solo deseo físico, sino también impulso que lleva a un individuo hacia una
experiencia determinada; Eros estando allí implica que el despertar de Apolo no
es solo un proceso intelectual.
Emociones, pasiones y fuerzas vitales que movilizan la
conciencia también están involucradas.
Dimensión alquímica: del estado latente a la
manifestación. La composición de Bertling permite una relación interpretativa
con el simbolismo alquímico (especialmente con la transformación de estados de
la materia y la conciencia). En la alquimia, el proceso de transformación tiene
etapas simbólicas (una de ellas nigredo) relacionadas con la oscuridad, la
disolución y la confrontación con lo que está oculto; luego se mueve a estados
de purificación y clarificación.
No sería correcto decir que Bertling diseñó la pintura
siguiendo esta secuencia de etapas alquímicas. Sin embargo, como herramienta
interpretativa, es sugerente. El área oscura de la pintura podría asociarse con
la primera etapa de transformación, mientras que detrás de Diana aparece la
luminosidad para que pueda ocurrir una nueva manifestación; Apolo aún dormido
representa el principio que debe ser despertado para que el proceso alcance su
plenitud.
La escena puede entonces verse como simbólica del paso del
estado latente de la conciencia a uno de mayor claridad y comprensión.
La dimensión iniciática: el despertar interior. Si
trasladamos esta interpretación al campo del simbolismo iniciático, la pintura
adquiere un significado particularmente sugerente. Apolo podría ser esa persona
que aún está dormida en la conciencia ordinaria; Diana, la fuerza que
interviene para despertarlo; Eros, el impulso que moviliza ese proceso; la luz
en el fondo anuncia la posibilidad de un nuevo entendimiento.
La escena puede leerse alegóricamente como el camino
interior: el hombre atraviesa la oscuridad, recibe el llamado a dejar su estado
de reposo y comenzar a descubrir lo que estaba oculto. En una posible lectura
masónica, esta imagen podría asociarse con el simbolismo del despertar del
Aprendiz (especialmente con la idea de dejar atrás la ignorancia y comenzar una
búsqueda de uno mismo).
Esta asociación debe entenderse solo como comparativa y no
como una declaración sobre la intención original del artista. El despertar de
Apolo podría entonces recordar en este sentido el momento en que el individuo
comienza a darse cuenta de que el verdadero conocimiento requiere una
transformación de sí mismo.
Diana despertando a Apolo puede leerse como una alegoría del
despertar espiritual y la transformación de la conciencia. La oposición entre
oscuridad y luz, la relación entre los principios lunar y solar y Eros nos
permiten una lectura simbólica en la que la escena mitológica adquiere una
dimensión interior: Diana es la fuerza misteriosa que prepara y provoca el
despertar; Apolo es la conciencia luminosa latente; Eros es el impulso que
moviliza la transformación mientras que el espacio luminoso en el fondo anuncia
la posibilidad de una nueva realidad espiritual.
La pintura nos invita, en última instancia, a no pensar en
el despertar como un evento externo, sino como un proceso que se desarrolla
dentro del ser humano: la verdadera luz no ilumina solo lo que nos rodea: debe
despertar lo que permanece dormido dentro de nosotros.
Desde este punto de vista, la obra de Bertling puede verse
como una imagen de transición entre dos estados de existencia: sueño y vigilia,
oscuridad y conocimiento, potencialidad y manifestación. Y quizás ahí es donde
adquiere su significado esotérico más profundo: el despertar de Apolo no es
solo la llegada de la luz, es cuando la conciencia comienza a reconocerla.
Campbell, Joseph. El héroe de las mil caras.
Psicoanálisis del mito.
Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos.
Eliade, Mircea. Herreros y alquimistas.
Eliade, Mircea. Imágenes y símbolos. Ensayos sobre
el simbolismo mágico-religioso.
Grimal, Pierre. Diccionario de mitología griega y
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Jung, Carl Gustav. Psicología y alquimia.
Roob, Alexander. Alquimia y mística. El museo
hermético.
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