Claves para entender a los Maestros

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12 octubre 2015

Tercera declaración de Jacques de Molay

Tercera declaración de Jacques de Molay
2 de marzo de 1310


Luego, el lunes siguiente, que fue el 2 de marzo, los siete señores comi­sarios susodichos se reunieron todos en una pequeña cámara contigua a dicha aula; y se lleva ante su presencia a los hermanos arriba indicados de la casa del Templo de París, los cuales, requeridos por separado de decla­rar si querían defender la Orden, respondieron como sigue: (siguen las res­puestas negativas de cuatro Templarios).

Hermano Jacques de Molay, caballero, Gran Maestre de la Orden del Templo, requerido por los dichos señores comisarios para que declarase si quería defender dicha Orden, respondió que el señor Papa se había reservado su caso; y, en consecuencia, él suplica a los dichos comisarios dejar este punto hasta encontrarse en presencia del señor Papa, agregando que entonces diría lo que  creyese útil. Los señores comisarios expresamente que ellos no querían ni podían de ninguna forma actuar ni hacer una investigación contra su persona, sino solamente proceder con la investigación a ellos encomendada contra la Orden en tanto que orden, investigación que ellos debían hacer conforme con el formulario que les había sido remitido; y el dicho Maestre requiere a los dichos señores comisarios escribir al señor Papa para que lo llame a su presencia y también a ellos pues él se había reservado el caso. Y los señores comisarios respondieron que lo harían lo más pronto posible.

Hecho en el dicho día y lugar, en mi presencia, Flerimont Dondedieu, y de otros notarios susodichos.


Citado por Gcorges Lizcrand, op. cit., p. 175.

29 julio 2015

Segunda declaración de Jacques de Molay

Segunda declaración de Jacques de Molay
28 de noviembre de 1309

A continuación, el viernes previo a la fiesta de san Andrés, los dichos señores comisarios se reunieron en la cámara donde tenían costumbre de reu­nirse, situada detrás del aula episcopal, el hermano Jacques de Molay, Gran Maestre de dicha Orden del Templo, quien, el miércoles precedente, había pedido a los dichos comisarios poder deliberar hasta este viernes sobre la respuesta por él hecha el dicho miércoles en su presencia, a saber que él quería defender a la Orden, fue llevado en presencia de los dichos comisarios por los susodichos preboste de Poitiers y Jean de Janville, y él agradece a los di­chos señores comisarios por la dicha prorroga de deliberación acordada por ellos y porque ellos habían ofrecido darle una más grande si a él le placía aceptarla, y con esto, así lo dijo, le habrían dado rienda suelta.
Interrogado por los dichos señores comisarios sobre la cuestión de si quería defender la Orden susodicha, él respondió que era un caballero iletrado y pobre y que haba comprendido, por el tenor de una carta apostólica que le habían leído, que el señor Papa se había reservado de juzgarlo, a él y a algunos otros dignatarios de los Templarios, y que por esta razón, el presente, en el estado en que se encontraba, no quería hacer nada con respecto a este asunto.
Requerido expresamente de decir si él quería, en ese momento, defender la Orden susodicha, él respondió que no, pero que él iría en presencia del señor Papa, cuando le placiera al dicho señor Papa, y les suplica a los di­chos señores comisarios y les requiere, atendiendo que él era mortal como todos los hombres y no disponía más que del tiempo presente, de hacer comprender al Papa que debe convocarlo lo más rápidamente a su presencia, pues sólo así él dirá, en la medida de sus fuerzas, al señor Papa lo que corresponde al honor de Cristo y de la Iglesia.
Ítem, requerido de declarar si quería agregar alguna cosa que pudiera molestar a los dichos comisados -que, sin inmiscuirse en el proceso con­tra las personas en particular, sólo se ocupan de la Orden en tanto Orden- o impedirles proceder correctamente y con fidelidad a la investigación con­tra la Orden susodicha, a ellos encomendada por el señor Papa, él respon­dió que no y les requiere de proceder bien y fielmente en estos asuntos.
Hecho esto, el dicho Maestre de la Orden del Templo dijo que, para ali­viar su conciencia, él queda, con respecto a la Orden susodicha, exponer a los dichos señores comisarios tres cosas, y él las expone:
La primera era que el dicho Maestre no conocía otra Orden en la cual las capillas y las iglesias tuviesen los ornamentos, las reliquias y los acce­sorios del culto divino mejores ni más bellos, y en las cuales el servicio di­vino fuera mejor celebrado por los sacerdotes y clérigos, con excepción de las catedrales.
La segunda era que el no conocía ninguna Orden donde se hicieran más limosnas que en su orden; pues, en todas las cosas de la Orden, de acuer­do con la regla general de dicha Orden, hacían limosna tres veces por se­mana a todos aquellos que quisiesen aceptar.
La tercera era que él no conocía otra Orden ni otras personas que, por la defensa de la fe cristiana contra los enemigos de dicha fe, hayan expuesto más prontamente sus personas a la muerte ni venido tanto su sangre y que fuesen tan temidos por los enemigos de la fe católica y que por ello el con­de de Artois, cuando murió en un combate en ultramar, quiso que los Tem­plarios fuesen la vanguardia de su ejército, y si el dicho conde le hubiera creído al Maestre de la orden entonces en funciones, el conde, el Maestre y otros no hubieran perecido; y que el dicho Maestre de entonces le pregunto si creía que no decía eso por su bien, puesto que, siguiendo el consejo de dicho conde, él mismo permaneció en combate junto con dicho conde y otros.
Como se le replicó que todo eso no era útil para la salvación del  católica faltaba, el dicho Maestro respondió que eso era verdad y que él mismo creía en un Dios y en una trinidad de personas y en los otros puntos de la fe católica y que tenía un Dios solamente, una sola fe, un solo bautismo y una sola Iglesia, cuando el alma se haya sepa­rado del cuerpo, se vería quién era malo y quién era bueno, y que cada uno sabría la verdad de las cosas que estaban entonces en cuestión.
Pero, como hombre noble, Guillermo de Nogaret, canciller real -el cual había venido luego de la respuesta de dicho Maestre: a saber, que él no que­ría defender la orden de otra forma que la indicada-,  le dice al Maestre que en las crónicas de Saint-Denis se informaba que, en los tiempos de Saladino, sultán de Babilonia, el entonces Gran Maestre y otros grandes dig­natarios de la dicha Orden habían hecho homenajes al dicho Saladino y que aquél, sabiendo la gran desdicha que los Templados habían pasado en­tonces, había dicho públicamente que los Templados la habían sufrido por­que estaban trabajados por el vicio de sodomía y porque habían faltado a su fe y a su ley, el dicho Maestre quedó estupefacto en grado sumo y decla­ra que jamás, hasta ese momento, había escuchado tal cosa, pero que, de todas formas, él sabía bien que, encontrándose en ultramar en el tiempo en que el hermano Guillermo de Beaujeu era el Gran Maestre de dicha Orden, él mismo, Jacques, y muchos otros hermanos del convento de dichos Tem­plarios, jóvenes y deseosos de hacer la guerra, como es el hábito de los jó­venes caballeros que quieran asistir a hechos de armas, y aun otros que no eran de su convento, habían murmurado contra dicho Maestre puesto que, durante la tregua que el rey de Inglaterra ya difunto había establecido en­tre los cristianos y los sarracenos, dicho Maestre se mostraba sumiso al sultán conservando su favor, pero que finalmente, el dicho hermano Jac­ques y otros del dicho convento de los Templarios fueron satisfechos vien­do que el dicho Maestre no había podido actuar de otra forma, puesto que en aquel tiempo la Orden tenía bajo su mano y baja su guarda muchas ciudades y Fortalezas en las fronteras de las tierras del dicho sultán, en los lu­gares que el nombra, y que él no había podido guardar de otra manera, y que aun así habrían sido perdidas si el rey de Inglaterra no les hubiera en­viado víveres.
Finalmente, el susodicho hermano Jacques, Maestre de la Orden del Templo, suplica humildemente a los dichos señores comisados y al dicho canciller real si le pueden dar la orden y el poder para que él, Maestre, pue­da escuchar misa y los otros oficios divinos y tener su capilla y sus cape­llanes, y los dichos señores comisados y canciller loando la devoción que mostraba, le dicen que ellos procurarán.


L’AFFAIRE DES TEMPLIERS
GEORGES LIZERAND


PARIS LIBRAIRIE ANCIENNE HONORE CHAMPION EDITEUR 1923




17 julio 2015

Primera declaración de Jacques de Molay Gran Maestre del Templo


Primera declaración de Jacques de Molay 
Gran Maestre del Templo

ante la comisión pontificia de la investigación de París, 26 de noviembre de 1309.

A continuación el miércoles antedicho, que fue el 26 de noviembre, los dichos señores comisarios se reunieron en la cámara situada detrás del aula episcopal con el preboste de Poitiers y Jean de Janville, y fue llevado ante la presencia de los mismos señores comisarios el hermano Jacques de Molay, Gran Maestre de la susodicha Orden de los Templarios, el cual, habiéndole hecho leer el edicto de citación del obispo de Paris, como está ordenado previamente en el proceso, ha respondido que él quena venir en presencia de los dichos señores comisarios.
Requerido por los mismos señores comisarios de declarar si él quería defender la Orden susodicha o decir alguna cosa por su defensa, respondió que la orden estaba confirmada y privilegiada por la sede apostólica y que le parecía completamente sorprendente que la Iglesia romana quisiese súbitamente proceder a la destrucción de la Orden susodicha, en tanto que la sentencia de deposición contra el emperador Federico había sido diferida treinta y dos años.
Dijo también que él no era tan sabio como hubiese convenido ni tenía tanto consejo para poder defender dicha Orden por sí mismo; no obstante, él estaba listo para defender dicha Orden según su capacidad; pues, de otra forma, él se estimaría vil y miserable y podría ser reputado de tal por otros si no defendía dicha Orden, en donde él había recibido tantos beneficios y honores, aunque le parece difícil presentar una defensa conveniente, pues está prisionero de los señores Papa y Rey, que él no poseía nada, ni aun cuatro dineros para dispensar para la dicha defensa ni para otra cosa, a excepción de lo que fue concedido personalmente. También demandó que, para ejecutar su proyecto, se le dé ayuda y consejo diciendo que su intención era que la verdad, tocante a lo que fuera imputado a la Orden, fuera conocida no solamente por los miembros de la dicha Orden sino también en todas partes del mundo por los reyes, los príncipes, los prelados, los duques, los condes, los barones, aunque con muchos de esos prelados los de su Orden hayan mostrado demasiada dureza en la defensa de sus derechos. Y el dicho Maestre está listo para presenciar las declaraciones de los reyes, príncipes, prelados, condes, duques, barones y otras gentes honestas.
Pero, puesto que el asunto es arduo y que el dicho Maestre no tenía con él más que un solo hermano sirviente del cual pudiera tomar consejo, los dichos señores comisarios dicen al dicho Maestre de deliberar bien y plenamente sobre dicha defensa a la cual él se ofrecía y de prestar atención a lo que él ya había confesado en su cargo y en cargo de toda la Orden. De todas formas, ellos se ofrecen y se declaran listos a recibirle la dicha defensa si; como la razón lo indicaba, él persistía en dichas defensas, y acordarle un plazo si él quería deliberar más ampliamente. De todas formas, ellos quedan que él supiese que en una causa tocante a la herejía y a la fe se procedía simplemente, "de plano", sin ruido ni en forma de proceso.
Los susodichos señores comisarios, para que el Maestre pudiera deliberar plenamente, le hicieron leer con cuidado y traducir en francés las cartas apostólicas de comisión a ellos otorgadas y la obligación de hacer una investigación contra dicha Orden del Templo, cuatro otras cartas apostólicas relativas al asunto y aun la carta por la cual el maestre Guillermo Agarni, preboste de Aix, daba una excusa legitima por su ausencia, y también el edicto de citación publicado por los dichos señores comisarios, por medio del cual ellos habían citado a la Orden del Templo, los hermanos de dicha Orden y otros que él tenía lugar a convocar, cartas apostólicas y el edicto cuyo tenor se insertaba, más arriba, en el proceso.

Durante la lectura de dichas cartas apostólicas, sobre todo cuando se leyó lo que el Maestre había confesado en presencia de Reverendos Padres, por la gracia de Dios, como Berenguer, entonces obispo de Tusculum, ahora cardenal de titulo de los santos Nereo y Aquiles; Etienne, cardenal de título de san Ciriaco de Thermes, y Landolf cardenal-diácono de San Ange, a estos delegados y enviados por el dicho señor nuestro soberano pontífice, el dicho Maestre, haciendo dos veces el signo de la cruz delante su rostro y por otros signos, parecía pretender que él estaba completamente estupefacto de lo que estaba contenido en dichas confesiones y cartas apostólicas, diciendo, entre otras cosas, que dichos señores comisarios eran otras personas de las que él podría dirigirse como correspondía. Y como le fue respondido que los dichos señores comisarios no estaban allí para ser retados a duelo, dicho Maestre agrega que él no hablaba de tal cosa, pero que él pedía a Dios que lo que hartan los sarracenos y los tártaros sea observado en el presente caso contra tales perversos, pues los sarracenos y los tártaros cortaban las cabezas de los perversos que encontraban o bien los cortaban por la mitad. Y entonces los dichos señores comisarios agregan que la Iglesia juzgaba heréticos a los que ella encontraba heréticos y que ella remitía a los obstinados a la corte secular.
Y el dicho Maestre demandó al noble hombre señor Guillermo de Plaisians, caballero real, que había allí ido (pero no bajo la orden de los dichos comisarios, según lo dijeron ellos mismos), de querer a bien conversar con él, y el susodicho señor Guillermo habló aparte con el Maestre, al que amaba y había amado, y le dijo, puesto que los dos eran caballeros y puesto que, como él declara, el dicho Molay debía tener cuidado de no perderse sin causa, el dicho Maestre declara que él veía bien, a menos de deliberar, él podía "encabestrarse" rápidamente y que, a causa de ello, él quería deliberar, suplicaba a los señores comisarios acordarle una prórroga hasta el viernes próximo para tal fin, prórroga que le es acordada, ofreciéndole aún darle una más larga si le placía y deseaba.
Hecho esto, el alguacil hubo de invitar; como en los días precedentes y bajo las órdenes de los comisarios, a aquellos que hubiese que quisieran defender la Orden a comparecer ante ellos, como no compareció ninguna persona, los dichos comisarios, por benevolencia, que esperarían hasta el jueves siguiente, a la hora prima, no queriendo con eso revocar la prórroga dada al dicho Maestre, sino proceder en las otras cosas tocantes al asunto dicho como fuese conveniente. De todas las cosas, etc. (como arriba).

L’AFFAIRE DES TEMPLIERS
GEORGES LIZERAND


PARIS LIBRAIRIE ANCIENNE HONORE CHAMPION EDITEUR 1923

18 mayo 2015

Orden de arresto de los templarios

Orden de arresto de los templarios
14 de setiembre de 1307

Felipe, por la gracia de Dios rey de Francia, a nuestros amados y fieles el señor de Onival, el caballero Joan de Tourville y el bailío de Rouen, sa­lud y dilección.
Una cosa amarga, una cosa deplorable, una cosa seguramente horrible de pensar, terrible para
entender, un crimen detestable, un delito execrable, un acto abominable, una infamia atroz, una cosa totalmente inhumana, más aún, extraña a toda humanidad, ha llegado a nuestro oídos gracias a los informes de muchas personas dignas de fe, no sin conmovernos con un gran estupor y hacernos estremecer con un violento horror; y, consideran­do su gravedad, un dolor inmenso crece en nosotros tanto más cruelmente cuanto que no hay duda de que la enormidad del crimen desborda hasta ser una ofensa a la majestad divina, un aprobio para la humanidad, un per­nicioso ejemplo del mal y un escándalo universal. Seguramente el espíritu razonable sufre por quien pasa los límites de la naturaleza y, sufriente, es atormentado sobre todo por causa de esta gente, olvidadiza de su princi­pio, no instruida en su condición, ignorante de su dignidad, pródiga de sí y entregada a sentimientos reprobables, no ha comprendido por qué esta­ba en honor. Esta gente es comparable a las bestias de carga desprovistas de razón, mucho más, traspasando su irracionalidad por su bestialidad pasmosa, ella se expone a todos los crímenes soberanamente abominables que aborrece y de los cuales se apartan las propias bestias irracionales, Ellos han abandonado a Dios, su creador, ellos se han separado de Dios, su salvación, ellos han abandonado a Dios, que les ha dado la luz, olvidados de Dios, su Señor y creador, se han inmolado a los demonios y no a Dios, esta gente sin consejo y sin prudencia (y pluguiera a Dios que ella sienta, comprenda y prevea esto que acaba de comenzar).
No hace mucho, bajo el informe de personas dignas de fe que ha sido hecho, se nos ha reiterado que los hermanos de la orden de la milicia del Templo, escondiendo al lobo bajo la apariencia del cordero, y bajo el hábi­to de la Orden, insultan miserablemente a la religión de nuestra fe, crucifi­can en nuestros días nuevamente a Nuestro Señor Jesucristo, ya crucifica­do por la redención del género humano, y lo colman de injurias más gra­ves que aquellas que si sufrió en la cruz, cuando, a su entrada en la Orden y luego que hicieron su profesión, se les presenta su imagen y que, por un de­safortunado, ¿qué digo?, un miserable enceguecimiento, ellos reniegan de ella tres veces y, por una crueldad horrible, le escupen tres veces en la ca­ra, a continuación de lo cual, despejados de las vestimentas que llevaban en la vida secular, desnudos, puestos en presencia de aquel que los recibe o de su reemplazante, son besados por él, conforme al rito odioso de su Or­den, primeramente debajo de la espina dorsal, segundo en el ombligo y finalmente en la boca, para vergüenza de la dignidad humana, y luego que han ofendido la ley divina por empresas tan abominables y actos tan de­testables, ellos se obligan, por el voto de su profesión y sin temer ofender la ley humana, a librarse uno al otro, sin rehusar, a lo que sean requeri­dos, por el efecto del vicio horrible y espantoso concubinato, y por esto la cólera de Dios se abate sobre estos hijos de la infidelidad. Esta gente in­munda ha dejado la fuente de agua viva, reemplazado su gloria por la es­tatua del Becerro de Oro, y en ella inmola a los ídolos.
He allí, con otras cosas todavía, lo que no teme hacer esta gente pérfida, esta gente insensata y abandonada al culto de ídolos. No solamente por sus actos y sus obras detestables, sino por sus discursos imprevistos, mancillan la tierra con sus obscenidades, suprimen los beneficios del rocía (sic), co­rrompen la pureza del aire y determinan la confusión de nuestra fe.
Y aunque nosotros tuvimos pena, al principio, de tornar nuestra atrac­ción hacia los portadores de estos rumores tan funestos, suponiendo que ellos provenían de la lívida envidia, del aguijón del odio, de la avaricia, más que del fervor de la fe, del celo por la justicia o del sentimiento de ca­ridad, en tanto los delatores y los denunciantes susodichos se multiplica­ban y el escándalo tomaba consistencia, las presunciones susodichas, ar­gumentos de gravedad y legítimas, conjeturas probables surtieron una pre­sunción y una suposición violentas que nos llevaron a investigar la verdad en este aspecto. Luego de haber hablado con nuestro muy Santo Padre en el Señor, Clemente, por la Divina Providencia soberano pontífice de la muy santa Iglesia romana y universal, luego de haber tratado cuidadosamente con nuestros prelados y nuestros barones, y de haber deliberado con nues­tro consejo plenario, nosotros hemos comenzado a avisar cuidadosamente a los medios más útiles para informarnos y a las vías más eficaces por las cuales se puede, en este asunto, encontrar más claramente la verdad. Y más amplia y profundamente lo examinamos como sondeando un escon­drijo, más graves son las abominaciones que encontramos.
Por lo tanto, nosotros que fuimos establecidos por el Señor en el puesto de observación de la eminencia real para defender la libertad de la fe de la Iglesia y que deseamos, antes que la satisfacción de todos los deseos de nuestro espíritu, el acrecentamiento de la fe católica, vista la investigación previa y diligente hecha sobre los datos del rumor público por nuestro que­rido hermano en Cristo Guillaume de Paris, inquisidor de la perversidad he­rética, diputado por la autoridad apostólica, viendo la vehemente sospecha resultante contra los dichos enemigos de Dios, de la fe y de la naturaleza, y contra dichos adversarios del pacto social (sic),tanto sobre dicha inves­tigación como de otras presunciones diversas, de argumentos legítimas y de conjeturas probables, cumpliendo con las requisiciones de dicho inquisidor que ha hecho apelación a nuestro brazo; y aunque ciertos inculpados pue­den ser culpables y otros inocentes, considerando la extrema gravedad del asunto, atendiendo a que la verdad no puede ser plenamente descubierta de otro modo, que una sospecha vehemente se ha extendido a todos y que, si es que hay inocentes, importa que sean probados como lo es el oro en el cri­sol y purgados por el examen del juicio que se impone, después de la deli­beración plenaria con los prelados, los barones de nuestro reino y nuestros otros consejeros, como ha sido dicho anteriormente, nosotros  hemos decre­tado que todos los miembros de dicha Orden de nuestro reino sean arresta­dos, sin ninguna excepción, retenidos prisioneros y reservados al juicio de la Iglesia, y que todos sus bienes, muebles e inmuebles, sean embargados, puestos bajo nuestra mano y fielmente conservados.
Es por esto por lo que os encargamos y os prescribimos rigurosamente en lo que concierne al bailío de Rouen, de transportaros vos personalmen­te, todos o dos de entre vosotros, y de arrestar a todos los hermanos de di­cha Orden sin excepción ninguna, de retenerlos prisioneros reservándolos al juicio de la Iglesia, de embargar sus bienes, muebles e inmuebles, y de retenerlos muy rigurosamente bajo vuestras manos a tales bienes embar­gados, sin gasto ni devastación ninguna, conforme a nuestras órdenes e instrucciones, que os han sido enviadas bajo nuestra contraseña, hasta que recibáis allí de nosotros una nueva orden. Además, damos la orden, por el portador de las presentes, a nuestros fieles jueces y sujetos de obedeceros de una forma efectiva y de ser atentos en relación con las cosas preceden­tes, en conjunto o por separado, y a las que con ellas se relacionen.
Dado en la abada de Notre Dame-la-Royale, cerca de Pontoise, el día de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, el año del señor mil trescien­tos siete.
Forma que deben observar los comisarios en el cumplimiento de su mi­sión:
Primeramente, cuando hayan arribado y hayan revelado la cosa a los senescales y a los bailíos, harán una información secreta sobre todas sus casas y podrán, por precaución, si es necesario, hacer también una inves­tigación sobre las otras casas religiosas y fingir que es la ocasión del diez­mo o bajo otro pretexto.
A continuación, aquel que será enviado con el senescal o con el bailío el día marcado, a buena hora, elegirá, según el número de casas y de gran­jas, a prohombres poderosos del país, al abrigo de sospechas, caballeros, regidores, consejeros, y les informará de la necesidad bajo juramento y se­cretamente y cómo el rey es informado por el Papa y por la Iglesia, y asi­mismo se los envía a cada lugar para arrestar a las personas, embargar los bienes y organizar su guarda; y verán que las viñas y las tierras sean cul­tivadas y sembradas convenientemente, y encomendarán la guarda de los bienes a personas honestas y ricas del país con los servidores que encuen­tre en las casas y, en su presencia, harán el mismo día y en cada lugar los inventarios de todos los muebles, los sellarán e irán, con fuerza suficiente, para que los hermanos y sus domésticos no puedan oponer resistencia e irán con sargentos para hacerse obedecer.
A continuación, pondrán las personas aisladas bajo buena y segura guardia, harán también una investigación sobre ellos, pues llamarán a los comisarios del inquisidor y examinarán con cuidado la verdad, por la tor­tura si es necesario, y si ellos confiesan la verdad, consignarán sus decla­raciones por escrito, luego de haber llamado a testigos,
Forma de hacer investigación: Se les dirigirán exhortaciones relativas a los artículos de fe y se les dirá cómo el Papa y el rey son informados por muchos testimonios muy dignos de fe, miembros de la Orden, del error y de la “bugreria”[1] al cual ellos se dan especialmente culpables en el momento de su entrada y de su profesión, y se les prometerá el perdón si confiesan la verdad retornando a la fe de la santa Iglesia, o que de otra forma serán condenados a muerte.
Se les demandará, bajo juramento, cuidadosa y sabiamente, como fue­ron recibidos, qué voto y qué promesa hicieron, y se les demandará por pa­labras generales hasta que se saque de ellos la verdad y que ellos perseve­ren en esta verdad.
Artículos del error de los Templarios presentados por muchos testigos:
Aquellos que son recibidos demandan también el pan y el agua de la Or­den, después el comandante o el maestro que les recibe le conduce secreta­mente detrás del altar o a la sacristía o a otro lado y le muestra la cruz y la figura de Nuestro Señor Jesucristo y lo hace renegar por tres veces del profeta, es decir, Nuestro Señor Jesucristo de quien es la figura, y escupir tres veces sobre la cruz; luego lo hace despojarse de su manto y el que lo recibe lo besa en la extremidad de la espina, bajo la cintura, luego en el om­bligo, luego sobre la boca y le dice que, si un hermano de la Orden quiere acostarse con él carnalmente, que le debe aceptar porque es su obligación y que debe sufrirlo según el estatuto de la Orden y que, a causa de tal, mu­chos de ellos, bajo la forma de sodomía, se acuestan uno con el otro car­nalmente y cada uno ciñe por debajo la camisa una cuerdita que el herma­no debe llevar siempre sobre si mientras viva; y se ha oído decir que estas cuerditas han sido colocadas y puestas alrededor del cuello de un ídolo que tiene la forma de la cabeza de un hombre con una gran barba y que esta cabeza la besan y la adoran en sus capitulas provinciales; pero esto no lo saben todos los hermanos, excepto el Gran Maestre y los antiguos. Además, los sacerdotes de su Orden no consagran el cuerpo de Nuestro Señor; sobre esto se hará una investigación especial con los sacerdotes de la Orden.
Y los comisarios deben enviar al rey, bajo sus sellos y bajo los sellos de los comisarios del inquisidor; lo más pronto que puedan, la copia de las de­claraciones de aquellos que confesaron dichos errores o principalmente el reniego de Nuestro Señor Jesucristo.
Jacques de Molay
Papa Clemente V

16 de octubre de 1311, Clemente V convocó un Concilio en la catedral de San Mauricio. Rodeado por Felipe el Hermoso y un grueso contingente de soldados, durante el Concilio de Vienne de 1312, el papa proclamaba la bula Vox in excelso y el Temple quedaba suprimido de forma provisional.
Sólo quedaba resolver el caso particular de los altos dignatarios de la Orden. Un proceso que se había reservado el propio pontífice. La condena fue de cadena perpetua. En enero de 1313, el papa delegó en tres subordinados para que fueran ellos quienes comunicaran la sentencia a los dirigentes del Temple: Jacques de Molay, Hugues de Pairaud, Geoffroy de Gonneville y Geoffroy de Charney. El 18 de marzo de 1314 el proceso contra los templarios llegaba a su fin.
De Molay y De Charney fueron llevados hasta un estrado colocado para la ocasión frente a la catedral de Notre-Dame de París. Los templarios se habían retractado de su confesión y declararon su inocencia.




[1] Vicio contras natura atribuido, sobre todo a los búlgaros heréticos.