Claves para entender a los Maestros

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29 marzo 2025

Masonería y orden del temple

 

Conferencia 'Masonería y orden del temple. Mitos de ayer actualidad de hoy'

9 de abril 2025

19:30hs.



 

 

 

 

06 noviembre 2015

Hugo de Payns

Grandes Maestres
Orden de los Templarios (I)

Hugo de Payns
1070–24 de mayo de 1136


Hugo de Payns. Pintura del siglo XIX.
Palacio de Versalles.
Hugo de Payns fue el primer maestre y fundador de la Orden del Temple y uno de los primeros nueve caballeros. Nació en el castillo de Payns, cerca de Troyes, Francia, y murió en Palestina en 1136.

Hijo de Gautier de Montigny y nieto de Hugo I, Señor de Payns, su infancia y su juventud se ven influidas por el ambiente de reforma religiosa que se desarrolla en la Champaña y que dará figuras de la talla de san Roberto de Molesmes, fundador de las abadías de Molesmes y Cîteaux, o la de san Bernardo de Claraval, impulsor de la reforma del cister y mentor eclesiástico de la misma Orden del Temple.

De la ferviente pasión religiosa de Hugo II de Payns es muestra su breve paso como monje por la abadía de Molesmes, tras la muerte de su primera esposa Emelina de Touillon, con la que se había desposado hacia el 1090. Fruto de este matrimonio nació su hija Odelina, futura señora de Ervy.

Vasallo fiel del conde Hugo de Champaña, Hugo II de Payns abandona los hábitos y a partir del año 1100 se integra plenamente como uno de los principales miembros de la Corte champañesa, uniendo en su persona el señorío de Montigny y el de Payns.


Blasón de Hugo de Payns

Es muy probable que Hugo II de Payns realizará su primer viaje a Tierra Santa junto al conde de Champaña en 1104-1107. Tras regresar de éste, y para ayudar a consolidar las pretensiones políticas de su señor, casó en segundas nupcias con Isabel de Chappes (entre 1107 y 1111), perteneciente a una de las familias más importantes del sur de la Champaña. Del matrimonio nacieron cuatro hijos: Teobaldo, futuro Abad de Santa Colombe de Sens; Guido Bordel de Payns, heredero del señorío; Guibuin, vizconde de Payns, y Herberto, llamado el ermitaño.

Sin embargo, en 1119, la pasión religiosa que sentía Hugo II de Payns le llevó a tomar votos de castidad y a partir nuevamente a Tierra Santa, donde creó, un año más tarde, la que llegaría a ser la Orden Militar más importante de la Cristiandad: La Orden del Temple.


Se afirma que los otros caballeros eran Godofredo de Saint-Omer, Payen de Montdidier, Archambaudo de Saint Agnan, Andrés de Montbard (tío por parte de madre de San Bernardo de Claraval), Godofredo Bison, y otros dos de los que sólo se conoce su nombre, Rolando y Gondamero. Se desconoce el nombre del noveno caballero, aunque hay quien piensa que pudo ser Hugo, Conde de Champagne.

Concilio de Troyes
En 1127 Hugo II de Payns regresa a Europa acompañado por Godofredo de Saint-Omer, Payen de Montdidier, y dos hermanos más, de nombre Raúl y Juan, con el fin de reclutar nuevos miembros para la Orden, tomar posesión de las numerosas donaciones que habían sido otorgadas a esta y para organizar las primeras encomiendas de la Orden en Occidente (casi todas ellas en la región de la Champaña). Así pues, Hugo inicia un periplo que le lleva por Roma -a fin de solicitar del papa Honorio II un reconocimiento oficial de la Orden y la convocatoria de un concilio que debatiera el asunto- la Champaña (otoño de 1127); Anjou y Poitou (abril y mayo de 1128), Normandia, Inglaterra y Escocia (Verano de 1128)y Flandes (otoño de 1128).

Hugo y sus compañeros regresan en enero de 1129 a la Champaña para tomar parte en el Concilio de Troyes, un concilio de la Iglesia católica, que se convocó en la ciudad francesa el 13 de enero de 1129, con el principal objeto de reconocer oficialmente a la Orden del Temple. En dicho concilio estuvieron presentes: el cardenal Mateo de Albano (representante del Papa); el arzobispo de Reims y el de Sens; diez obispos; ocho abades cistercienses de las abadías de Vézelay, Cîteaux, Clairvaux (que en este caso no era otro sino San Bernardo), Pontigny, Troisfontaines y Molesmes; y algunos laicos entre los que destacan Teobaldo II de Champaña, el conde de Campaña, André de Baudemont, el senescal de Champaña, el conde de Nevers y un cruzado de la campaña de 1095.

Hugo de Payns relató en este concilio los humildes comienzos de su obra, que en ese momento sólo contaba con nueve caballeros, y puso de manifiesto la urgente necesidad de crear una milicia capaz de proteger a los cruzados y, sobre todo, a los peregrinos a Tierra Santa, y solicitó que el concilio deliberara sobre la constitución que habría que dar a dicha Orden.
San Bernardo de Claraval

Se encargó a San Bernardo, abad de Claraval, y a un clérigo llamado Jean Michel la redacción de una regla durante la sesión, que fue leída y aprobada por los miembros del concilio.

Tras el concilio de Troyes, Hugo II de Payns nombró a Payen de Montdidier Maestre Provincial de las encomiendas sitas en territorio francés y en flandes, y a Hugo de Rigaud Maestre Provincial para los territorios del Languedoc, la Provenza y los reinos cristianos hispánicos y tras ello, regresó a Jerusalén dirigiendo la Orden que el mismo había creado durante casi veinte años hasta su muerte en el año 1136 (el 24 de mayo según el obituario del templo de Reims), haciendo de ella una influyente institución militar y financiera internacional.


Fuente:


29 julio 2015

Segunda declaración de Jacques de Molay

Segunda declaración de Jacques de Molay
28 de noviembre de 1309

A continuación, el viernes previo a la fiesta de san Andrés, los dichos señores comisarios se reunieron en la cámara donde tenían costumbre de reu­nirse, situada detrás del aula episcopal, el hermano Jacques de Molay, Gran Maestre de dicha Orden del Templo, quien, el miércoles precedente, había pedido a los dichos comisarios poder deliberar hasta este viernes sobre la respuesta por él hecha el dicho miércoles en su presencia, a saber que él quería defender a la Orden, fue llevado en presencia de los dichos comisarios por los susodichos preboste de Poitiers y Jean de Janville, y él agradece a los di­chos señores comisarios por la dicha prorroga de deliberación acordada por ellos y porque ellos habían ofrecido darle una más grande si a él le placía aceptarla, y con esto, así lo dijo, le habrían dado rienda suelta.
Interrogado por los dichos señores comisarios sobre la cuestión de si quería defender la Orden susodicha, él respondió que era un caballero iletrado y pobre y que haba comprendido, por el tenor de una carta apostólica que le habían leído, que el señor Papa se había reservado de juzgarlo, a él y a algunos otros dignatarios de los Templarios, y que por esta razón, el presente, en el estado en que se encontraba, no quería hacer nada con respecto a este asunto.
Requerido expresamente de decir si él quería, en ese momento, defender la Orden susodicha, él respondió que no, pero que él iría en presencia del señor Papa, cuando le placiera al dicho señor Papa, y les suplica a los di­chos señores comisarios y les requiere, atendiendo que él era mortal como todos los hombres y no disponía más que del tiempo presente, de hacer comprender al Papa que debe convocarlo lo más rápidamente a su presencia, pues sólo así él dirá, en la medida de sus fuerzas, al señor Papa lo que corresponde al honor de Cristo y de la Iglesia.
Ítem, requerido de declarar si quería agregar alguna cosa que pudiera molestar a los dichos comisados -que, sin inmiscuirse en el proceso con­tra las personas en particular, sólo se ocupan de la Orden en tanto Orden- o impedirles proceder correctamente y con fidelidad a la investigación con­tra la Orden susodicha, a ellos encomendada por el señor Papa, él respon­dió que no y les requiere de proceder bien y fielmente en estos asuntos.
Hecho esto, el dicho Maestre de la Orden del Templo dijo que, para ali­viar su conciencia, él queda, con respecto a la Orden susodicha, exponer a los dichos señores comisarios tres cosas, y él las expone:
La primera era que el dicho Maestre no conocía otra Orden en la cual las capillas y las iglesias tuviesen los ornamentos, las reliquias y los acce­sorios del culto divino mejores ni más bellos, y en las cuales el servicio di­vino fuera mejor celebrado por los sacerdotes y clérigos, con excepción de las catedrales.
La segunda era que el no conocía ninguna Orden donde se hicieran más limosnas que en su orden; pues, en todas las cosas de la Orden, de acuer­do con la regla general de dicha Orden, hacían limosna tres veces por se­mana a todos aquellos que quisiesen aceptar.
La tercera era que él no conocía otra Orden ni otras personas que, por la defensa de la fe cristiana contra los enemigos de dicha fe, hayan expuesto más prontamente sus personas a la muerte ni venido tanto su sangre y que fuesen tan temidos por los enemigos de la fe católica y que por ello el con­de de Artois, cuando murió en un combate en ultramar, quiso que los Tem­plarios fuesen la vanguardia de su ejército, y si el dicho conde le hubiera creído al Maestre de la orden entonces en funciones, el conde, el Maestre y otros no hubieran perecido; y que el dicho Maestre de entonces le pregunto si creía que no decía eso por su bien, puesto que, siguiendo el consejo de dicho conde, él mismo permaneció en combate junto con dicho conde y otros.
Como se le replicó que todo eso no era útil para la salvación del  católica faltaba, el dicho Maestro respondió que eso era verdad y que él mismo creía en un Dios y en una trinidad de personas y en los otros puntos de la fe católica y que tenía un Dios solamente, una sola fe, un solo bautismo y una sola Iglesia, cuando el alma se haya sepa­rado del cuerpo, se vería quién era malo y quién era bueno, y que cada uno sabría la verdad de las cosas que estaban entonces en cuestión.
Pero, como hombre noble, Guillermo de Nogaret, canciller real -el cual había venido luego de la respuesta de dicho Maestre: a saber, que él no que­ría defender la orden de otra forma que la indicada-,  le dice al Maestre que en las crónicas de Saint-Denis se informaba que, en los tiempos de Saladino, sultán de Babilonia, el entonces Gran Maestre y otros grandes dig­natarios de la dicha Orden habían hecho homenajes al dicho Saladino y que aquél, sabiendo la gran desdicha que los Templados habían pasado en­tonces, había dicho públicamente que los Templados la habían sufrido por­que estaban trabajados por el vicio de sodomía y porque habían faltado a su fe y a su ley, el dicho Maestre quedó estupefacto en grado sumo y decla­ra que jamás, hasta ese momento, había escuchado tal cosa, pero que, de todas formas, él sabía bien que, encontrándose en ultramar en el tiempo en que el hermano Guillermo de Beaujeu era el Gran Maestre de dicha Orden, él mismo, Jacques, y muchos otros hermanos del convento de dichos Tem­plarios, jóvenes y deseosos de hacer la guerra, como es el hábito de los jó­venes caballeros que quieran asistir a hechos de armas, y aun otros que no eran de su convento, habían murmurado contra dicho Maestre puesto que, durante la tregua que el rey de Inglaterra ya difunto había establecido en­tre los cristianos y los sarracenos, dicho Maestre se mostraba sumiso al sultán conservando su favor, pero que finalmente, el dicho hermano Jac­ques y otros del dicho convento de los Templarios fueron satisfechos vien­do que el dicho Maestre no había podido actuar de otra forma, puesto que en aquel tiempo la Orden tenía bajo su mano y baja su guarda muchas ciudades y Fortalezas en las fronteras de las tierras del dicho sultán, en los lu­gares que el nombra, y que él no había podido guardar de otra manera, y que aun así habrían sido perdidas si el rey de Inglaterra no les hubiera en­viado víveres.
Finalmente, el susodicho hermano Jacques, Maestre de la Orden del Templo, suplica humildemente a los dichos señores comisados y al dicho canciller real si le pueden dar la orden y el poder para que él, Maestre, pue­da escuchar misa y los otros oficios divinos y tener su capilla y sus cape­llanes, y los dichos señores comisados y canciller loando la devoción que mostraba, le dicen que ellos procurarán.


L’AFFAIRE DES TEMPLIERS
GEORGES LIZERAND


PARIS LIBRAIRIE ANCIENNE HONORE CHAMPION EDITEUR 1923




17 julio 2015

Primera declaración de Jacques de Molay Gran Maestre del Templo


Primera declaración de Jacques de Molay 
Gran Maestre del Templo

ante la comisión pontificia de la investigación de París, 26 de noviembre de 1309.

A continuación el miércoles antedicho, que fue el 26 de noviembre, los dichos señores comisarios se reunieron en la cámara situada detrás del aula episcopal con el preboste de Poitiers y Jean de Janville, y fue llevado ante la presencia de los mismos señores comisarios el hermano Jacques de Molay, Gran Maestre de la susodicha Orden de los Templarios, el cual, habiéndole hecho leer el edicto de citación del obispo de Paris, como está ordenado previamente en el proceso, ha respondido que él quena venir en presencia de los dichos señores comisarios.
Requerido por los mismos señores comisarios de declarar si él quería defender la Orden susodicha o decir alguna cosa por su defensa, respondió que la orden estaba confirmada y privilegiada por la sede apostólica y que le parecía completamente sorprendente que la Iglesia romana quisiese súbitamente proceder a la destrucción de la Orden susodicha, en tanto que la sentencia de deposición contra el emperador Federico había sido diferida treinta y dos años.
Dijo también que él no era tan sabio como hubiese convenido ni tenía tanto consejo para poder defender dicha Orden por sí mismo; no obstante, él estaba listo para defender dicha Orden según su capacidad; pues, de otra forma, él se estimaría vil y miserable y podría ser reputado de tal por otros si no defendía dicha Orden, en donde él había recibido tantos beneficios y honores, aunque le parece difícil presentar una defensa conveniente, pues está prisionero de los señores Papa y Rey, que él no poseía nada, ni aun cuatro dineros para dispensar para la dicha defensa ni para otra cosa, a excepción de lo que fue concedido personalmente. También demandó que, para ejecutar su proyecto, se le dé ayuda y consejo diciendo que su intención era que la verdad, tocante a lo que fuera imputado a la Orden, fuera conocida no solamente por los miembros de la dicha Orden sino también en todas partes del mundo por los reyes, los príncipes, los prelados, los duques, los condes, los barones, aunque con muchos de esos prelados los de su Orden hayan mostrado demasiada dureza en la defensa de sus derechos. Y el dicho Maestre está listo para presenciar las declaraciones de los reyes, príncipes, prelados, condes, duques, barones y otras gentes honestas.
Pero, puesto que el asunto es arduo y que el dicho Maestre no tenía con él más que un solo hermano sirviente del cual pudiera tomar consejo, los dichos señores comisarios dicen al dicho Maestre de deliberar bien y plenamente sobre dicha defensa a la cual él se ofrecía y de prestar atención a lo que él ya había confesado en su cargo y en cargo de toda la Orden. De todas formas, ellos se ofrecen y se declaran listos a recibirle la dicha defensa si; como la razón lo indicaba, él persistía en dichas defensas, y acordarle un plazo si él quería deliberar más ampliamente. De todas formas, ellos quedan que él supiese que en una causa tocante a la herejía y a la fe se procedía simplemente, "de plano", sin ruido ni en forma de proceso.
Los susodichos señores comisarios, para que el Maestre pudiera deliberar plenamente, le hicieron leer con cuidado y traducir en francés las cartas apostólicas de comisión a ellos otorgadas y la obligación de hacer una investigación contra dicha Orden del Templo, cuatro otras cartas apostólicas relativas al asunto y aun la carta por la cual el maestre Guillermo Agarni, preboste de Aix, daba una excusa legitima por su ausencia, y también el edicto de citación publicado por los dichos señores comisarios, por medio del cual ellos habían citado a la Orden del Templo, los hermanos de dicha Orden y otros que él tenía lugar a convocar, cartas apostólicas y el edicto cuyo tenor se insertaba, más arriba, en el proceso.

Durante la lectura de dichas cartas apostólicas, sobre todo cuando se leyó lo que el Maestre había confesado en presencia de Reverendos Padres, por la gracia de Dios, como Berenguer, entonces obispo de Tusculum, ahora cardenal de titulo de los santos Nereo y Aquiles; Etienne, cardenal de título de san Ciriaco de Thermes, y Landolf cardenal-diácono de San Ange, a estos delegados y enviados por el dicho señor nuestro soberano pontífice, el dicho Maestre, haciendo dos veces el signo de la cruz delante su rostro y por otros signos, parecía pretender que él estaba completamente estupefacto de lo que estaba contenido en dichas confesiones y cartas apostólicas, diciendo, entre otras cosas, que dichos señores comisarios eran otras personas de las que él podría dirigirse como correspondía. Y como le fue respondido que los dichos señores comisarios no estaban allí para ser retados a duelo, dicho Maestre agrega que él no hablaba de tal cosa, pero que él pedía a Dios que lo que hartan los sarracenos y los tártaros sea observado en el presente caso contra tales perversos, pues los sarracenos y los tártaros cortaban las cabezas de los perversos que encontraban o bien los cortaban por la mitad. Y entonces los dichos señores comisarios agregan que la Iglesia juzgaba heréticos a los que ella encontraba heréticos y que ella remitía a los obstinados a la corte secular.
Y el dicho Maestre demandó al noble hombre señor Guillermo de Plaisians, caballero real, que había allí ido (pero no bajo la orden de los dichos comisarios, según lo dijeron ellos mismos), de querer a bien conversar con él, y el susodicho señor Guillermo habló aparte con el Maestre, al que amaba y había amado, y le dijo, puesto que los dos eran caballeros y puesto que, como él declara, el dicho Molay debía tener cuidado de no perderse sin causa, el dicho Maestre declara que él veía bien, a menos de deliberar, él podía "encabestrarse" rápidamente y que, a causa de ello, él quería deliberar, suplicaba a los señores comisarios acordarle una prórroga hasta el viernes próximo para tal fin, prórroga que le es acordada, ofreciéndole aún darle una más larga si le placía y deseaba.
Hecho esto, el alguacil hubo de invitar; como en los días precedentes y bajo las órdenes de los comisarios, a aquellos que hubiese que quisieran defender la Orden a comparecer ante ellos, como no compareció ninguna persona, los dichos comisarios, por benevolencia, que esperarían hasta el jueves siguiente, a la hora prima, no queriendo con eso revocar la prórroga dada al dicho Maestre, sino proceder en las otras cosas tocantes al asunto dicho como fuese conveniente. De todas las cosas, etc. (como arriba).

L’AFFAIRE DES TEMPLIERS
GEORGES LIZERAND


PARIS LIBRAIRIE ANCIENNE HONORE CHAMPION EDITEUR 1923