Claves para entender a los Maestros

18 agosto 2025

PALACIO LEGISLATIVO (V)

 

PALACIO LEGISLATIVO (V)

1925 – 25 DE AGOSTO – 2025

Fachada NORTE

En la fachada posterior del Palacio Legislativo, sobre la Avenida General Flores, se destacan dos conjuntos escultóricos en relieve, obra del artista italiano Arístides Bassi. [1]

Estas composiciones no solo enriquecen el edificio desde el punto de vista ornamental, sino que articulan una poderosa narrativa alegórica centrada en los valores fundacionales de la República: el trabajo, la justicia y la institucionalidad.

El estilo neoclásico de Bassi, profundamente influenciado por la tradición escultórica italiana, establece un diálogo armónico con el lenguaje arquitectónico del Palacio, reforzando su carácter solemne y simbólico. A través de estas figuras, el arte se convierte en vehículo de expresión cívica, integrando estética y mensaje político en una síntesis visual de alto contenido simbólico.



En el centro del relieve, se representa la figura del Maestro en actitud didáctica frente a sus discípulos, configurando una alegoría elocuente de la educación como fundamento esencial de la ciudadanía y sustento de la institucionalidad democrática. La escena, cargada de simbolismo, evoca la transmisión del conocimiento como acto fundacional del orden republicano, donde la formación cívica se erige como garantía de cohesión social y participación consciente.

En el siglo XIX, la educación fue concebida como herramienta clave para formar ciudadanos ilustrados, capaces de sostener las instituciones republicanas. Figuras como José Pedro Varela impulsaron reformas educativas que vinculaban instrucción pública con democracia.

La representación del Maestro en actitud didáctica puede leerse como una visualización de ese ideal: el saber cómo patrimonio colectivo, y el docente como mediador entre el individuo y la nación.

El Palacio Legislativo, como sede del poder republicano, incorpora en su ornamentación visual una narrativa que refuerza los valores democráticos. La inclusión de la figura del Maestro en sus relieves no es casual: representa la centralidad de la educación en el proyecto nacional.

Esta iconografía puede vincularse con el discurso político de la época, que exaltaba la instrucción pública como base de la modernidad y el progreso.

 

 

En el centro del relieve medio, se representa a un adolescente dominando con firmeza a dos pumas, en una escena que simboliza el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta. Esta imagen, de fuerte carga alegórica, exalta la razón como principio ordenador de la vida republicana, donde el poder se legitima no por la violencia, sino por la capacidad reflexiva y el dominio ético.

Flanqueando al joven, se ubican las figuras de un hombre y una mujer, encarnaciones de la dualidad complementaria que sostiene el equilibrio institucional. Lejos de representar una oposición, ambos cuerpos expresan la armonía entre lo masculino y lo femenino como pilares simbólicos de la ciudadanía plena, en consonancia con los ideales de inclusión y justicia que estructuran el imaginario republicano.





En el último relieve se representa a la prensa, concebida como emblema de la libertad de expresión, la circulación crítica de ideas y el ejercicio del control ciudadano sobre el poder. Esta alegoría visualiza a los medios como instrumentos fundamentales de la vida democrática, capaces de articular el debate público, fiscalizar a las instituciones y garantizar la transparencia en el ejercicio del gobierno.

La inclusión de esta figura en el programa escultórico del Palacio Legislativo refuerza la centralidad del discurso libre en la arquitectura republicana, donde la palabra impresa se convierte en vehículo de participación, conciencia cívica y pluralismo político.

 

Si se leen los relieves en secuencia, de izquierda a derecha, se revela un proceso simbólico de profunda resonancia republicana: el conocimiento, antaño patrimonio de minorías ilustradas, transita hacia su democratización, convirtiéndose en bien común y fundamento de la ciudadanía. Esta progresión escultórica sugiere una evolución desde la enseñanza elitista hacia la circulación pública del saber, en sintonía con los principios de inclusión, transparencia y participación que estructuran el ideario republicano.

La narrativa visual propuesta por los relieves no solo acompaña el lenguaje arquitectónico del Palacio Legislativo, sino que lo amplifica, inscribiendo en piedra una pedagogía cívica que interpela al espectador y lo convoca a formar parte activa del proyecto democrático.

 

 

La idea de que el conocimiento debe ser patrimonio colectivo encuentra eco en el pensamiento de José Pedro Varela, figura clave de la reforma educativa uruguaya. En La educación del pueblo (1874), Varela afirma:

“La instrucción pública no es un lujo de los pueblos ricos,

sino una necesidad de los pueblos libres.”

Esta afirmación sintetiza el espíritu que anima la secuencia escultórica: el saber cómo condición de libertad, y la educación como herramienta de emancipación ciudadana. La cita puede incorporarse como epígrafe o nota al pie para reforzar el vínculo entre el discurso visual del Palacio Legislativo y el ideario reformista del siglo XIX.

 


Los forjadores, absortos en su labor, encarnan una alquimia del esfuerzo: la transmutación del trabajo físico en progreso colectivo, del metal en emblema de civilización. Su gesto concentrado y su vínculo con la materia evocan no solo la técnica, sino también la voluntad transformadora que sustenta el proyecto republicano.

En esta escena, el trabajo deja de ser mera actividad productiva para convertirse en símbolo de dignidad, construcción social y modernidad, en sintonía con los valores que el Palacio Legislativo busca consagrar en su lenguaje escultórico.



Aunque el relieve central reproduce en gran medida la escena anterior, presenta sutiles variaciones que modifican su carga simbólica. Los pumas, ahora sin objetos en sus fauces, sugieren una transformación en la representación de la fuerza: ya no como amenaza contenida, sino como potencia neutralizada y subordinada al dominio racional. Esta omisión, aparentemente menor, introduce una lectura más depurada del vínculo entre poder físico e inteligencia, desplazando el énfasis desde la confrontación hacia el equilibrio.



En el tercer relieve, los fundidores son representados en plena faena, encarnando la dimensión artesanal del saber técnico. A la izquierda, el modelista retoca con precisión el rostro de una medalla que ostenta la figura de un centauro —símbolo clásico de la tensión entre lo instintivo y lo racional—, aludiendo a la necesidad de armonizar pulsiones y pensamiento en la construcción del orden republicano. A la derecha, el escultor sostiene un busto de Minerva, diosa tutelar de las artes, los oficios y la sabiduría, reafirmando el vínculo entre creación material y conocimiento simbólico.

La escena condensa una alegoría del trabajo como acto intelectual y cultural, donde la técnica no se limita a la producción, sino que se proyecta como forma de pensamiento y expresión cívica.[2]

 

 

Una vez más, el relieve nos propone una lectura en clave de transformación: la fundición se presenta como metáfora del trabajo colectivo, cuyo resultado es la conformación simbólica de la vida nacional. Esta operación visual, que convierte la materia en significado, revela la mano de un verdadero alquimista escultórico.

Al regresar a las imágenes centrales de la fachada, observamos al joven que domina los pumas —figuras que evocan la “vía seca” de la alquimia, aquella espiritual, rápida y ascendente— flanqueado por las representaciones de una mujer y un hombre. Curiosamente, no son las figuras las que se invierten, sino las columnas que las acompañan, lo que sugiere una alteración deliberada en el orden simbólico.

El hombre aparece desnudo, sin herramientas ni armas: es el ser que llega por sí mismo, despojado, en estado puro. Su presencia remite a una idea de iniciación, de retorno a la esencia. Las rosas que adornan la escena refuerzan esta lectura alquímica: símbolo de transformación, belleza interior y conocimiento oculto, la rosa opera aquí como emblema del tránsito espiritual.

Como en otras composiciones del conjunto, se reitera la presencia de los números 3 y 7, claves en la simbología esotérica y alquímica. Ambos están asociados al equilibrio, la perfección y los ciclos de iniciación, reforzando la idea de que el conjunto escultórico no solo comunica valores republicanos, sino también una cosmovisión más profunda, donde el arte se convierte en vehículo de sabiduría cifrada.

El conjunto de relieves de Arístides Bassi en la fachada posterior del Palacio Legislativo no se limita a una función ornamental: constituye un discurso visual complejo, donde se entrelazan alegorías republicanas, referencias esotéricas y símbolos de transformación. Cada escena, cuidadosamente compuesta, articula valores fundacionales –educación, trabajo, justicia, libertad de expresión- con elementos de una cosmovisión más profunda, en la que el arte opera como mediador entre lo material y lo espiritual.

La secuencia escultórica propone una pedagogía cívica en piedra, que guía al espectador a través de un proceso de iniciación simbólica: desde la transmisión del conocimiento hasta su democratización; desde la fuerza bruta hasta su sublimación racional; desde el oficio técnico hasta la creación consciente. En este recorrido, el Palacio Legislativo se convierte no solo en sede del poder institucional, sino en espacio de memoria, reflexión y formación ciudadana.

Así, la obra de Bassi trasciende su tiempo y su función decorativa, inscribiéndose como parte integral del imaginario republicano uruguayo. Su lenguaje escultórico, cargado de significados visibles y ocultos, nos recuerda que la nación no se construye solo con leyes, sino también con símbolos, relatos y formas que interpelan la sensibilidad colectiva.

Palacio Legislativo IV                                                                                               Palacio Legislativo VI


[1] Arístides Bassi- Nación en Italia en 1875, se establece en Montevideo en 1914. Uno de los autores al monumento de los inmigrantes en Nueva Helvecia. Otras obras están por ejemplo en la casa del Partido Colorado: un Hermes de mármol con el retrato de José Batlle y Ordóñez, busto del Dr. Alfredo Vidal y Fuentes (Ministerio de Salud Pública), retrato de Madame Curie; mausoleo de Gustavo Saint Bois (Cementerio del Buceo) y mausoleo de Scanavino Brena (Cementerio Central). Fallece en Montevideo en 1942.

[2] En la mitología romana Minerva es la diosa de la sabiduría, las artes, las técnicas de la guerra, además de la protectora de Roma y la patrona de los artesanos. Se corresponde con Palas Atenea en la mitología griega, con notorias vinculaciones con el esoterismo.

10 agosto 2025

PALACIO LEGISLATIVO (IV)

 

PALACIO LEGISLATIVO (IV)

1925 – 25 DE AGOSTO – 2025

Fachada Oeste

Está puerta lateral con relieve frente al edificio Anexo tiene una carga simbólica, especialmente con la Cámara de Representantes. El uso del relieve solo en la puerta del medio podría indicar una intención de enfatizar el umbral como elemento de transición: el paso entre lo cotidiano y lo institucional, entre el afuera ciudadano y el adentro legislativo.

En términos de lectura patrimonial, esa entrada también puede funcionar como espacio liminal, casi ceremonial, en el que se condensa una estética de poder sobrio pero significativo.

  



La secuencia de las mujeres portando uvas remite claramente al ciclo vital y espiritual, y al poder fecundo de lo colectivo. La vid como “hierba de la vida” trasciende el cristianismo: es símbolo dionisíaco, emblema de transformación, incluso de transubstanciación.

Si al final de la escena dos hombres se dirigen a una reunión legislativa, ese tránsito de la uva al vino cobra un sentido político: el trabajo invisible de la tierra (mujeres, naturaleza, mitología) se convierte en acto institucional de creación de leyes. La metáfora sugiere que la legislación es fruto del proceso vital y social, con raíces antiguas y simbólicas.

 


 

Este bajo relieve parece estar estructurado como una coreografía ritual que alude a la sacralización del trabajo productivo y la elevación de lo terrenal hacia lo heroico o lo divino.

El acto de “entregar el animal” representa la disponibilidad de la riqueza ganadera como ofrenda; quitarle el yugo es un gesto liberador que transforma al animal de herramienta en símbolo. Aquí se deja de lado la utilidad del animal para convertirlo en portador de sentido.

La figura central del joven de rasgos clásicos, al estilo de un dios griego, dota de solemnidad el momento: él no produce ni prepara, pero recibe. Esto sugiere un orden jerárquico o idealista donde los frutos del trabajo colectivo son canalizados hacia una figura que encarna la trascendencia, el orden, o incluso lo legislativo si vinculamos esta iconografía con el espacio de la Cámara de Representantes que mencionabas antes.

En términos interpretativos, podría pensarse que este joven simboliza al legislador ideal, aquel que recibe las ofrendas (riqueza nacional, esfuerzo productivo) para transformarlas en normas y organización social. Un paralelo con el dios griego implica nobleza, belleza idealizada, y legitimidad cultural.

 



Esta escena en el otro extremo parece cerrar el ciclo alegórico con una nota de abundancia ritual, como si estuviéramos presenciando un banquete que celebra no solo la riqueza del país, sino también la armonía entre naturaleza, trabajo y cultura cívica.

Las cuatro mujeres con bandejas evocan una estética ofrendaría que dialoga con arquetipos femeninos de la fertilidad, la provisión y la conexión con la tierra y el mar. Cada alimento –marino o terrestre- no es solo sustento, sino símbolo: lo marino puede sugerir profundidad, misterio, lo telúrico apunta a estabilidad y fecundidad.

La disposición en bandejas organizadas remite también a la idea de ritual codificado, como si se tratara de una “presentación sacramental” antes del festín, un gesto que, en contexto cívico, puede leerse como la entrega de lo mejor de la nación (sus recursos) para el pacto institucional.

Si el relieve central representa el banquete, este momento de preparación es crucial: es el preámbulo del encuentro, la disposición simbólica del alimento como ofrenda. En términos republicanos, podría pensarse como una metáfora del Estado que se nutre de la diversidad productiva del territorio y la canaliza hacia la construcción normativa.

 

No olvidemos que también estamos haciendo una lectura numérica en las otras fachadas:

Grupo 1: 6 figuras (mujeres con cestos de uva), el número 6, asociado a la armonía y perfección dentro de tradiciones pitagóricas, puede representar la simetría del ciclo vital. Son las portadoras de la semilla transformadora: la vid.

Grupo 2: 7 figuras (escena ganadera + joven central), el número 7 introduce una alteración, un punto álgido. Es número de totalidad, espiritualidad y revelación. Aquí aparece la figura idealizada que recibe la ofrenda, elevando la escena al plano heroico o normativo.

Grupo 3: 6 figuras (mujeres con bandejas de alimentos), se retoma el número 6 como cierre armónico, creando un espejo con el inicio. Estas portadoras de alimentos equilibran el conjunto, redondean el ciclo desde la fecundidad hacia la celebración.

Este patrón 6–7–6 forma una estructura tripartita que recuerda a la forma de un poema (como un haiku), con punto medio elevado, casi sacralizado. Podríamos interpretarlo como un ritmo ceremonial: ofrenda → recepción idealizada → celebración compartida.

 

 

En síntesis:

1. Mujeres con cestos de uvas: evocan lo fértil, lo espiritual, lo ancestral. La vid como símbolo de inmortalidad y transformación. Representan el trabajo colectivo que precede a la creación normativa.

2. Hombres dirigiéndose a una reunión: alegoría de los legisladores que canalizan el fruto social hacia leyes. De la vid al vino como metáfora del paso de la naturaleza a la cultura normativa.

3. Escena ganadera ritualizada: Tres hombres ofrecen, tres preparan: equilibrio, comunidad, voluntad cívica. Quitar el yugo transforma al animal en símbolo. El joven central, al estilo de dios griego, recibe la ofrenda como encarnación del orden justo.

4. Cuatro mujeres con bandejas de alimentos: representan la riqueza del país: frutos del mar y de la tierra. Acto de disposición ceremonial, no consumo: alimento como símbolo de pacto. Preámbulo al relieve central del banquete institucional, que celebra la construcción cívica.

La puerta narra un tránsito mito-poético: del esfuerzo productivo, la fertilidad y la ofrenda, hacia la institucionalización de la norma republicana. La estética clásica, la distribución ritual y el rol femenino y masculino en equilibrio refuerzan una visión idealizada del proceso legislativo como fruto del pacto social y natural.

Este portal puede ser integrado a tu circuito como espacio liminal entre memoria, poder y fertilidad simbólica, complementando recorridos que aborden tumbas de legisladores, símbolos republicanos o transiciones históricas del rol del Estado.

 

Palacio Legislativo III                                                                                   Palacio Legislativo V

03 agosto 2025

PALACIO LEGISLATIVO (III)

 

PALACIO LEGISLATIVO (III)

1925 – 25 DE AGOSTO – 2025

Fachada Sur (II)

 




El cuerpo de avanzada de la izquierda, presentan estas tres imágenes:

La Gloria de la Democracia y de las armas que la defienden.

El primer relieve evoca la defensa que el pueblo ejerce sobre su libertad, ya sea a través del intelecto, el trabajo o las armas. En el centro de la composición se erigen dos figuras jóvenes: un hombre que sostiene un cetro de poder, símbolo de liderazgo legítimo, y una mujer que porta la bandera, emblema visible de la libertad. Juntos sostienen una corona de gloria que, convertida en halo, enmarca a una Victoria alada. Esta Victoria, elevada por la libertad misma, extiende el lauro triunfal, consagrando el ideal alcanzado.

A sus costados, dos fuerzas conceptuales la sostienen y flanquean:

Ø  La Democracia, que alimenta la llama sagrada de la libertad, manteniendo encendida la luz que guía a la república.

Ø  La Fuerza Legal de la Patria, que empuña las armas protectoras, no como instrumento de opresión, sino como garantía de soberanía.

Finalmente, se representa la devoción del pueblo por su bandera, celebrada con júbilo colectivo. Uno de los personajes, en un gesto ceremonial, porta la llama de la libertad junto a una rama de laureles, reafirmando la victoria y el sacrificio. El conjunto, nuevamente conformado por siete figuras, refuerza el sentido ritual y simbólico de la escena: un equilibrio entre lo humano, lo cívico y lo trascendente.





 

 

 A la derecha se producen las siguientes escenas:

La gloria del trabajo y de la ciencia.

Nos encontramos ante la obra del artista uruguayo Gervasio Furest Muñoz,[1] cuyo conjunto escultórico parece enmarcarse en el contexto de una celebración solemne. Antes de sumergirnos en su núcleo simbólico, es digno de notar un patrón recurrente: nuevamente se presentan dos hombres en actitud de diálogo, mientras la figura femenina se encarga de preparar una ofrenda, lo que refuerza la asimetría de roles en la representación.




Jura constitucional

El primer momento destacado es la jura de fidelidad a la Constitución. Aquí, la exclusión femenina resulta evidente: quienes participan en la ceremonia son exclusivamente varones, un fiel reflejo de la concepción de ciudadanía de los constituyentes de 1830, donde la mujer quedaba marginada del ejercicio cívico. La escena, integrada por siete figuras, se inscribe en el relato histórico de una nación que consagra su pacto fundacional en clave patriarcal.

Fraternidad como eje simbólico

En el centro se alza la figura de la Fraternidad, manifestada como principio que une y protege las dimensiones esenciales del progreso:

Ø  El trabajo, representado por la mujer que porta una hoz, en diálogo con la cosecha, símbolo del fruto digno y colectivo.

Ø  El conocimiento, encarnado en un hombre con un globo terráqueo y libros, expresión de saber universal y racionalidad ilustrada.

Esta tríada central no solo destaca el vínculo entre labor intelectual y productiva, sino que reafirma la dualidad simbólica entre lo femenino y lo masculino, sin que esa dualidad implique paridad.

El Escudo como punto culminante

La escena concluye con un homenaje al Escudo Nacional, que aparece como en proceso de ser completado. Esta imagen sugiere un país en construcción, donde el símbolo patrio aún se alimenta de los aportes cívicos y éticos de su pueblo.

Nuevamente, el número siete estructura el conjunto, evocando equilibrio, ciclo y plenitud dentro de una narrativa escultórica que busca trascender lo anecdótico para situarse en lo arquetípico.

 Palacio Legislativo II                                                                              Palacio Legislativo IV

 




[1] Gervasio Furest Muñoz. Montevideo 11 de Junio de 1893 - ¿? Es uno de los autores del monumento a los últimos charrúas, ubicado en el Prado, correspondiéndole a él la figura de Guyunusa. Los retratos de Señora de Arzadum –de Pablo de María, en Facultad de Derecho-, Emilio Oribe, de Ema T. de Pratt, en el Museo Nacional de Bellas Artes, San Francisco, Sagrado Corazón, Hermana de Caridad. Museo de San José: Nacimiento de Jesús, Artigas en el Paraguay. Museo de Durazno: Unciendo la yunta.

02 agosto 2025

PALACIO LEGISLATIVO II

 

PALACIO LEGISLATIVO (II)

1925 – 25 DE AGOSTO – 2025

Fachada Sur (I)

 


El tímpano de la entrada principal exhibe una majestuosa serie de esculturas, realzadas por relieves de notable jerarquía artística. Esta obra, de refinada ejecución, fue concebida por el destacado escultor italiano Giannino Castiglioni.[1]


Observemos esta imagen en secciones. En su remate superior se distingue una espada apoyada sobre lo que parece ser un libro -probablemente una alusión a la Carta Magna-, ambos sostenidos por dos águilas imperiales. El conjunto está enmarcado por una corona circular de laureles, símbolo tradicional del honor y la gloria.

La espada remite al señorío y a la justicia, atributos asociados tanto al poder real como al principio ético que rige los actos. Las águilas, por su parte, proyectan significaciones nobles y ambiciosas; en la mitología griega se creía que remontaban su vuelo desde el confín del mundo para alcanzar la vertical de Delfos, siguiendo la trayectoria solar.
Y en el centro, esa cabeza inquietante: Medusa. Su gesto doliente evoca el instante posterior a su decapitación por Perseo. Ya no petrifica con la mirada, pero sigue siendo símbolo de lo trágico, coronada por el poder espiritual que las águilas encarnan.

La escena escultórica, coronada por una espada y un libro -probablemente la Carta Magna-, sostenidos por águilas e inscrita en una corona de laureles, condensa una arquitectura de poder con proyección espiritual. La espada no es solo emblema del señorío y la justicia; al apoyarse sobre el libro, sugiere que el ejercicio del poder debe estar sometido a la ley y al principio rector de la razón institucional.

Las águilas, en tanto guardianas de esa alianza entre fuerza y sabiduría, evocan un ascenso hacia lo trascendente. En el imaginario griego, alcanzar la vertical de Delfos era tocar la región sagrada del conocimiento oracular. Aquí no solo elevan los símbolos, sino que los legitiman desde una perspectiva cósmica.

La cabeza de Medusa introduce lo trágico como parte constitutiva del ciclo de poder. Su gesto doliente tras la decapitación recuerda que todo acto fundacional -como el de Perseo- implica dolor, sacrificio y transformación. Enmarcada por águilas, la figura deja de ser mera amenaza para convertirse en alegoría del poder espiritual redimido: aquello que antes petrificaba, ahora enseña desde el silencio. 

En el corazón del tímpano se despliega una escena con siete figuras, centrada en una mujer sentada que encarna la República. [2] Asistida por la Patria -representada con un gorro frigio, emblema de la Revolución Francesa y también presente en el escudo de la República Argentina-, esta imagen revela el desgaste del tiempo, evidenciado en las esculturas cuya definición se ha erosionado. Aunque desde ciertos ángulos no se aprecia con claridad, el gorro frigio permanece como símbolo de emancipación y soberanía popular.
En su mano izquierda, la República parece sostener una lanza, hoy ausente físicamente, pero sugerida en la composición, recurso que remite a la figura de Palas Atenea: deidad protectora de la ciudad, la sabiduría y la estrategia; o como dijimos también puede ser un báculo.

Esta representación está escoltada por cuatro alegorías femeninas: Veneración y Amor (a la derecha), Generosidad y Fe (a la izquierda). Juntas, configuran un espectro de virtudes públicas que sostienen el ideal republicano, a la vez que proyectan una dimensión ética y afectiva del poder.

A sus pies se encuentra el escudo nacional, flanqueado por dos jóvenes: uno con espada y casco, simbolizando la tutela militar de la Nación; el otro con martillo, evocando la labor y la construcción, es decir, la glorificación del esfuerzo cívico. Esta tríada -República, escudo y juventud armada- articula un relato visual de soberanía compartida entre lo simbólico, lo espiritual y lo colectivo.

La escena central del tímpano no solo embellece el edificio: instruye. En ella se condensa un programa republicano de valores, proyectado en mármol, piedra o bronce, para que generaciones sucesivas lo lean más allá de las palabras. La figura de la República -asistida por la Patria, flanqueada por las virtudes y sostenida por emblemas como el escudo y la juventud armada- conforma un tríptico visual que educa sobre el ideal nacional.

Este tipo de composición es característico del arte monumental en espacios funerarios de Estado, donde la arquitectura se convierte en alegoría viva: la República no muere, se honra; la Patria no se olvida, se custodia; el dolor no petrifica, se sublima -como en la Medusa que corona la escena.

La presencia de virtudes femeninas encarna el aspecto ético del poder. No se trata solo de gobernar, sino de amar, venerar, creer y compartir. La juventud al pie del escudo representa el relevo generacional, la defensa activa y la construcción colectiva, elementos vitales en la continuidad de la Nación.

Así, esta escena escultórica articula una pedagogía de la memoria, donde cada símbolo transmite no solo belleza, sino propósito y llamado. Es un monumento que interpela, una lección cívica esculpida para durar más que los discursos.

A
la izquierda del conjunto escultórico se distingue un grupo de tres figuras que configuran una alegoría de la prosperidad nacional. La riqueza está encarnada en una mujer que sostiene un cofre de forma cúbica -símbolo de lo material- cuya presencia también sugiere una dimensión espiritual del patrimonio: no solo lo tangible, sino lo intangible que nutre el alma colectiva de la Nación.

Junto a ella se erige la figura masculina del progreso, representado como un hombre que incita al trabajo a los desposeídos. Su gesto no es de imposición, sino de llamado: convoca a transformar la carencia en dignidad mediante el esfuerzo. Esta escena, lejos de idealizar la pobreza, la interpela desde una ética del hacer, del compartir y del construir.
La composición en su conjunto articula una pedagogía del desarrollo nacional, donde la riqueza no es acumulación sino canal, y el progreso no es avance técnico sino justicia aplicada. Cada figura se integra a la narrativa mayor del tímpano, en la que la República se presenta como síntesis de virtudes, memorias, desafíos y esperanzas.


En la escena final del tímpano aparece Hércules dominando a un león, imagen poderosa que encarna la lucha por la libertad. Esta figura remite al primero de los doce trabajos de Heracles -según los griegos; Hércules, para los romanos-, la derrota del león de Nemea, una criatura invulnerable que aterrorizaba a la población y cuyo pellejo solo pudo ser obtenido mediante su propia fuerza.

Este león, feroz e indomable, representa aquí las fuerzas adversas que amenazan a la Nación: el desorden, la opresión o incluso las pasiones descontroladas. El gesto de Hércules no es simplemente una demostración de fuerza bruta, sino una metáfora del heroísmo civilizatorio, del dominio de lo irracional y de la conquista ética del caos.
A nivel simbólico, esta figura puede leerse también como la lucha del ser humano consigo mismo: un enfrentamiento con sus pasiones más oscuras, donde la libertad no es don, sino conquista interior.

Integrada al resto del conjunto escultórico, la imagen de Hércules completa la narrativa del tímpano como una pedagogía monumental: allí donde la República se asienta sobre virtudes, trabajo y espiritualidad, el héroe clásico aporta la dimensión moral del esfuerzo heroico, necesario para sostener la libertad colectiva.

En el sector derecho del tímpano se despliega un conjunto alegórico de profunda carga simbólica. La 
figura de la Historia avanza con un libro en la mano -casi cerrado- como señal de un conocimiento reservado, no abierto a todos, sino destinado a los iniciados. Esta representación sugiere una lectura esotérica por parte del escultor, donde la Historia no se ofrece como relato evidente, sino como saber velado, para quienes son capaces de descifrarlo.
A su lado aparece la figura de las Artes, portando una estatuilla de Palas Atenea, inspirada en la obra clásica de Fidias. [3]

Atenea, diosa de la sabiduría y protectora de las artes, se convierte aquí en puente entre creación estética y virtud intelectual. La elección de esta estatuilla no es decorativa: apunta a la tradición helénica como fuente de equilibrio, civilización y belleza.

Finalmente, la Poesía se manifiesta con un instrumento musical entre las manos, quizás una lira o una flauta, emblema de la armonía y del lenguaje sonoro que trasciende la palabra escrita. Su presencia completa el tríptico, evocando que, además de la narración histórica y la creación artística, es la sensibilidad lírica la que compone el alma profunda de la Nación.


En el extremo del tímpano se encuentra un hombre sentado, acompañado por una lechuza: emblema ancestral de la prudencia y la sabiduría. Su pose grave, casi meditativa, y la presencia del ave que ve en la oscuridad refuerzan la idea de un saber que ilumina incluso los rincones más sombríos de la ignorancia.

La lechuza, vinculada tradicionalmente a Atenea -que en tiempos antiguos fue concebida por algunos como una diosa-pájaro o incluso como una lechuza misma-, trasciende aquí su función ornamental para convertirse en símbolo de un conocimiento racional, minucioso y laborioso.

A diferencia del conocimiento intuitivo, fugaz y centellante, esta figura encarna una sabiduría tenaz, forjada en la constancia del estudio y la contemplación. Es el saber que se conquista, no el que se revela; el que se construye, no el que se adivina.
En el marco del tímpano, este personaje es el custodio del pensamiento profundo, complementando a la República, al trabajo, a las virtudes cívicas, a la poesía y al heroísmo como pilares de una Nación que honra tanto el sentir como el saber.

 

 

El conjunto escultórico presenta una estructura ecléctica, de gran riqueza simbólica, que puede ser abordada en forma dual desde sus extremos hacia el centro:

 

v  De izquierda a derecha, se despliega la narrativa del dominio de la naturaleza por medio del esfuerzo humano. El hombre, en relación directa con los elementos, transforma la fuerza bruta en progreso: adquiere riqueza y logra una civilización victoriosa. Esta evolución se traduce en imágenes de trabajo, poder productivo y control sobre el entorno -una pedagogía visual del desarrollo material como sustento del proyecto republicano.

v  De derecha a izquierda, en cambio, el recorrido es más introspectivo y espiritual. El hombre, desnudo -símbolo de su estado primordial y de verdad desnuda- accede al conocimiento subliminal que brota de sí mismo. Ese saber, representado por el libro cerrado, no es evidente ni popular, sino reservado para los iniciados. A partir de esa introspección, florecen las artes y las ciencias: dimensiones del alma que enriquecen la Nación desde su interior, desde la sabiduría racional y simbólica.

 

 

Como juego adicional para los amantes de la numerología, a cada lado de la República encontramos siete figuras humanas. El número siete evoca ciclos completos y armonía universal: los siete días de la semana, las siete notas musicales, los siete colores del arco iris. Este detalle refuerza la idea de totalidad: el tímpano no representa una parte, sino el conjunto del ser republicano en su despliegue histórico, ético y estético.

 

Palacio Legislativo I                                                                                                  Palacio Legislativo III




[1] Giannino Castiglioni (Milán, 4 de mayo de 1884 - Lierna, 27 de agosto de 1971) fue medallista, escultor, pintor. Estudió en la Academia de Brera, donde se graduó en 1906 y participa en el mismo año en la Exposición Internacional de Milán. Estas imágenes e igual que las cariátides fueron esculpidas por Pasquino Bacci.

[2] La República, así como está representada tiene un aire a la Emperatriz en el tarot, sosteniendo en su mano izquierda el cetro de poder, acá el escultor nos deja una sensación de que algo iba a tener.

[3] En la mitología griega, es la diosa de la guerra, civilización, sabiduría, estrategia, de las artes, de la justicia y de la habilidad. Siendo una de las principales divinidades del panteón griego y una de los doce dioses Olímpicos.

El escudo redondo argólico en cuyo centro aparece el gorgóneo, la cabeza de la Medusa, el sello distintivo del culto a la primitiva diosa en Grecia que recibió la posición más alta en el vértice del frontispicio del Partenón –más tarde se decía que su escudo era un regalo votivo de Perseo-. Casualidad pero Medusa está presente en el Palacio.

Esta representación no es la más típica, pero falta un cuerpo sin cabeza en la mano derecha, es probable que el tiempo se encargara de hacerlo caer.