Claves para entender a los Maestros

22 mayo 2019

Arthur Ignatius Conan Doyle


Arthur  Ignatius Conan Doyle
22 de mayo de 1859 – 7 de julio de 1930
Edimburgo -  Crowborough

Géneros literarios: Novelas / Detectives

Fue médico, novelista y escritor de novelas policíacas, creador del inolvidable maestro de detectives Sherlock Holmes.

Conan Doyle nació el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo y estudió en las universidades de Stonyhurst y de Edimburgo, en esta última estudió medicina desde 1876 hasta 1881. En junio de 1882, se mudó a Portsmouth. Estando ahí, instaló una clínica. Al principio no le fue muy bien con ella, por lo que en su tiempo libre comenzó a escribir historias nuevamente.


Tuvo tanto éxito al inicio de su carrera literaria que en cinco años abandonó la práctica de la medicina y se dedicó por entero a la escritura.
Su primer trabajo destacado fue "Estudio en escarlata", donde el autor crea al más famoso detective de ficción, Sherlock Holmes, que se publicó en 1887. El autor se basó en un profesor que conoció en la universidad para crear al personaje de Holmes con su ingeniosa habilidad para el razonamiento deductivo. Igualmente excepcionales son las creaciones de los personajes que le acompañan: su amigo bondadoso y torpe, el doctor Watson, que es el narrador de los cuentos, y el archicriminal profesor Moriarty.



En la página 20 de la revista The Masonic Illustrated de octubre de 1901 se dió cuenta del regreso del Hermano Dr. Conan Doyle y de su familia, tras sus largos viajes a Groenlandia y Africa. Para celebrar su vuelta la Logia “Santa María de la Capilla” nº 1 de Edimburgo le confirió el titulo de miembro de honor. En su discurso de agradecimiento, Conan Doyle insistió en los valores de la Francmasonería.
En efecto, Arthur Conan Doyle fue iniciado a la Masonería en la logia Phoenix Lodge nº 257 de Portsmouth el día 26 de enero de 1887 siendo apadrinado por Sir William King (sustituto del gobernador del condado de Hampshire) y secundado por Sir John Brickwood. Fue pasado al grado de compañero masón el 3 de febrero de 1887 y exaltado al grado de maestro masón el 23 de marzo de 1887. También fue miembro honorario de la Logia “Santa María de la Capilla” nº 1 de Edimburgo, de la Gran Logia de Escocia.
¿Qué lazos unían a Holmes a la Francmasonería? En “El Negociante de Norwood” se describe a John H. McFarlane:
(Holmes): - Vd. me ha anunciando su nombre como si yo debiera conocerle, pero le certifico que, aparte de los hechos evidentes de que Vd. es soltero, hombre de ley, francmasón y asmático, no sé nada de Vd. (Watson prosigue): - No me fue difícil remontar el hilo de sus deducciones y notar que ciertos colgantes pendían de su cadena de reloj. En “Estudio en escarlata” Gregson describe a Enoch Drebber con “un anillo de oro con una divisa masónica”. En “La aventura del fabricante de colores retirado, al hablar del detective Backer, Holmes pregunta- ¿Y una aguja de corbata masónica?(Watson): - Un hombre de rostro grave llevaba gafas y una aguja de corbata masónica. En la “La Liga de los pelirrojos” Holmes le dice a Wilson que es masón, a lo que ´ste pregunta - ¿Cómo diablos sabe Vd. que soy francmasón? (Holmes) - No insultaré su inteligencia diciéndole cómo lo he visto y más teniendo en cuenta, que en contradicción con el reglamento de su Orden, Vd. lleva como aguja de corbata un arco y un compás.

Web oficial del museo Sherlock Holmes - www.sherlock-holmes.co.uk

Estatua de bronce de Sherlock Holmes patrocinada por la Abbey National 
que se puede ver junto a la estación de metro de Baker Street



Sir Arthur Conan Doyle se inspiró en la masonería para desarrollar numerosos temas argumentales de sus novelas. Ejemplo de ello es la novela El Valle del Miedo:
Cap. I:
El joven peregrino clavó su mirada en este tétrico campo con el rostro de repulsión mezclado con interés, que le mostraba que el escenario era nuevo para él. En los intervalos sacaba de su bolsillo una gruesa carta por la cual acudía, y en cuyos márgenes había garabateado algunas notas.
Una vez de detrás de su cintura extrajo algo que uno raramente hubiera esperado hallar en posesión de un hombre de benigno temperamento. Era un revólver de marina del mayor tamaño. Mientras lo colocaba oblicuamente hacia la luz, el fulgor en los bordes de los cartuchos de cobre dentro del cilindro le mostraba que estaba completamente cargado. Rápidamente lo regresó a su bolsillo secreto pero no antes de que fuera visto por un proletario que se había sentado en la contigua banca.
- ¡Hola, amigo! – saludó -. Se ve de pie y preparado.
El hombre joven sonrió con un aire de turbación.
- Sí – dijo – los necesitamos algunas en el lugar de donde provengo.
- ¿Y dónde es?
- Últimamente estuve en Chicago.
- ¿Un extraño en esta zona?
- Sí.
- Pudiera ser que la necesite aquí – alegó el trabajador.
- Ah, ¿de verdad? – el joven se vio interesado.
- ¿No ha oído nada acerca de acontecimientos por estos lugares?
- Nada fuera de lo común.
- Dios, pensé que el país estaba lleno de ellos. Los oirá rápidamente. ¿Qué le hizo venir aquí?
- Siempre presté atención cuando decían que siempre hay un trabajo para un hombre dispuesto.
- ¿Es un miembro de la unión?
- Seguro.
- Entonces hallará su trabajo, creo. ¿Tiene amigos?
- No aún; pero tengo intenciones de hacerlos.
- ¿Cómo es eso?
- Soy uno de la Eminent Order of Freemen. No hay pueblo sin una logia, y donde la haya haré amistades.
Esa revelación tuvo un singular efecto en su compañía. Observó sospechosamente a los otros en el carro. Los mineros continuaban murmurando entre ellos. Los dos policías dormitaban. Él se acercó, se sentó junto al joven viajero, y sostuvo su mano.
- ¡Póngala! – exclamó.
Un apretón de manos pasó entre los dos.
- Veo que dice la verdad – mencionó el obrero -. Pero siempre es bueno asegurarse -. Elevó su mano diestra hasta su ceja derecha. El emigrante a su vez subió su mano izquierda a su ceja izquierda.
- Las noches oscuras son desagradables – pronunció el trabajador.
- Sí, para que viajen los extraños – el otro respondió.
- Eso es suficiente. Soy el Hermano Scanlan, Logia 341, Vermissa Valley. Encantado de verlo en estos sitios.
- Gracias. Soy el Hermano John McMurdo, Logia 29, Chicago. Jefe del cuerpo J. H. Scout. Pero sí que tengo suerte de encontrar un hermano tan temprano.
- Bueno, hay muchos de los nuestros por aquí. No encontrara la orden más floreciente en ningún lado de los Estados Unidos que aquí en Vermissa Valley. Pero podemos aceptar a muchachos como usted. No concibo a un hombre activo de la unión sin encontrar nada que hacer en Chicago.
- Encontré mucho trabajo que hacer – respondió McMurdo.
- ¿Entonces por qué se fue?
McMurdo movió su cabeza hacia los policías y sonrió.
Me imagino que estos tipos estarían felices de saberlo.
Scanlan gimió compasivamente.
 Cap. II:
- Es una insólita bienvenida – McMurdo replicó con algo de dignidad – para el jefe del cuerpo de una logia de Freemen hacia un hermano extraño.
- ¡Sí, pero es eso mismo lo que tiene que probar – prorrumpió McGinty – y que Dios le ayude si falla! ¿Dónde fue hecho?
- Logia 29, Chicago.
- ¿Cuándo?
- El 24 de junio de 1872.
- ¿Cuál jefe del cuerpo?
- James H. Scott.
- ¿Quién era su gobernador distrital?
- Bartholomew Wilson.
- ¡Hum! Parece suficientemente suelto en sus respuestas. ¿Qué está haciendo aquí?
- Trabajando, lo mismo que usted, pero un oficio más pobre.
- Tuvo su respuesta bien rápida.
- Sí, siempre fui rápido al hablar.
- ¿Es rápido de acción?
- He tenido ese nombre entre quienes me conocían mejor.
- Bien, lo probaremos más pronto de lo que se imagine. ¿Ha oído algo de la logia por estos lares?
- He oído que se necesita ser un hombre para ser un hermano.
- Verdaderamente para usted, McMurdo.
¿Por qué abandonó Chicago?
- ¡Estaré condenado si le digo eso!
McGinty abrió sus ojos. No estaba acostumbrado a ser respondido de esa forma, y le divirtió.
- ¿Por qué no me lo va a decir?
- Porque ningún hermano debe decirle a otro una mentira.
- ¿Entonces la verdad es demasiado mala para decirla?
- Lo puede poner de esa forma si gusta.
- Vea, señor, no puede esperar que yo, como jefe del cuerpo, vaya a pasar a la logia a alguien que no puede responder por su pasado.
McMurdo se vio perplejo. Después tomó un recorte de periódico gastado de su bolsillo interior.
- ¿Nunca delataría a un compañero? – manifestó.
- ¡Atravesaré mi mano por su cara si me dice tales palabras! – chilló McGinty ardientemente.
- Tiene razón, Consejal – pronunció McMurdo dócilmente -. Debo pedir disculpas. Hablé sin pensarlo. Bien, sé que estoy seguro en sus manos. Mire este recorte.
McGinty colocó sus ojos sobre la reseña de un disparo a un tal Jonas Pinto, en Lake Saloon, Market Street, Chicago, en la semana de año nuevo de 1874.
- ¿Su trabajo? – formuló mientras devolvía el periódico.
McMurdo asintió.
- ¿Por qué le disparó?
- Estaba ayudándole al Tío Sam a hacer dólares. Tal vez el mío no era tan fino oro como el suyo, pero se veían bien y eran más baratos para hacer. Este hombre Pinto me ayudó a impulsar los falsos…
- ¿Hacer qué?
- Bueno, significa sacar dólares para su circulación. Después dijo que lo revelaría. Quizás lo hizo. No esperé a verlo. Solamente lo maté y puse pies en polvorosa para los campos de carbón.
- ¿Por qué los campos de carbón?
- Porque había leído en los periódicos que no eran muy minuciosos en esas partes.
McGinty se rió.
- Fue primero un acuñador y luego un asesino, y vino a estas zonas porque pensó que sería bienvenido.
- Algo así – contestó McMurdo.
- Bueno, creo que llegará muy lejos. Dígame, ¿puede hacer esos dólares aún?
McMurdo sacó media docena de su bolsillo.
- Éstos nunca pasaron la casa de moneda de Filadelfia – indicó.
- ¡No me diga! – McGinty los sostuvo contra la luz con su enorme mano, que era tan peluda como la de un gorila -. No puedo ver ninguna diferencia. ¡Dios! ¡Será un hermano poderosamente útil, estoy pensándolo! Podemos hacerlo con un bandido o dos entre nosotros, amigo McMurdo: pues hay tiempo en los que debemos tomar nuestro propio partido. Estaríamos pronto contra la pared si no hacemos retroceder a aquellos que nos estaban empujando.
- Bien, me imagino que haré mi parte en empujar con el resto de los chicos.
- Parece tener un buen ánimo. No se retorció cuando le apunté con esta arma.
- No era yo quien estaba en peligro.
- ¿Quién entonces?
- Era usted, Consejal - McMurdo extrajo una pistola percutida de su bolsillo lateral de su chaquetón de marinero -. Lo he estado cubriendo todo este tiempo. Creo que mi disparo hubiera sido tan rápido como el suyo.
- ¡Por Dios! – McGinty se abochornó en un rojo furioso y luego estalló en un bramido de risa -. Dígame, no hemos tenido ningún terror más grande que venga a nosotros este año. Reconozco que la logia estará muy orgullosa de usted… Bien, ¿qué diablos quieres? ¿Y no puedo hablar solo con un caballero por cinco minutos sino que debes entrometerte entre nosotros?
El cantinero permaneció avergonzado.
- Discúlpeme, Consejal, pero es Ted Baldwin. Dice que debe verlo este mismo instante.
El mensaje fue innecesario; pues la sólida y cruel cara del hombre por sí mismo estaba mirando por encima del hombro del empleado. Empujo al tabernero y le cerró la puerta.
- Así que – dijo clavando su furiosa vista en McMurdo -, se vino aquí primero, ¿no es así? Tengo una palabra que mencionarle, Consejal, sobre este hombre.
- Entonces dígala aquí y frente a mí – exclamó McMurdo.
- La diré en mi propio tiempo, a mi propio estilo.
- ¡Basta! ¡Basta! – berreó McGinty, elevándose de su barril -. Esto nunca funcionará. Tenemos un nuevo hermano aquí, Baldwin, y no nos corresponde saludarlo de esa forma.
¡Saque su mano, hombre, y levántela!
- ¡Nunca! – gritó Baldwin en cólera.
- Le he ofrecido pelear con él si cree que le he perjudicado – señaló McMurdo -. Lucharé con mis puños, o, si eso no lo satisface, lucharé de la manera que el escoja. Ahora, se lo dejo a usted, Consejal, juzgar entre nosotros como un jefe del cuerpo debe hacer.
- ¿Qué ocurre, entonces?
- Una joven señorita. Es libre de elegir por sí misma.
- ¿Lo es? – gritó Baldwin.
- Como es entre dos hermanos de la logia debería decir que lo es – dictó el jefe.
- Oh, ése es su fallo, ¿no es así?
- Sí, sí lo es, Ted Baldwin – explicó McGinty, con un encaro maléfico -. ¿Será usted quien lo discuta?
- ¿Rechazará a alguien que ha estado con usted estos cinco años a favor de un hombre que no vio nunca antes en su vida? ¡No será un jefe del cuerpo de por vida, Jack McGinty, y por Dios! Cuando toque votar nuevamente…
El Consejal se impulsó hacia él como un tigre. Su mano encerró el cuello del otro, y lo lanzó hacia atrás entre los barriles. En su loco furor hubiera exprimido su vida si McMurdo no hubiera interferido.
- ¡Cuidado, Consejal! ¡Por la gracia de Dios, con cuidado! – abucheó, mientras lo arrastró hacia atrás.
McGinty soltó su presa, y Baldwin, acobardado y sacudido, jadeando para respirar, y temblando en cada extremidad, como uno que ha visto el mismo borde de la muerte, se sentó sobre el barril del cual había sido tirado.
- ¡Ha estado pidiendo esto hace varios días, Ted Baldwin, ahora ya lo tuvo! – aulló McGinty, con su enorme pecho levantándose y cayendo -. Quizás pensaste que si yo era rechazado por votación como jefe del cuerpo te encontrarías pronto en mis zapatos. Está en la logia decidir eso. Pero mientras sea el jefe no dejaré que ningún hombre levante su voz contra mí o mis disposiciones.
- No tengo nada contra usted – barboteó Baldwin, cogiendo su garganta.
- Bueno, entonces – gruñó el otro, recayendo en un momento en una fanfarrona jovialidad -, somos todos buenos amigos de nuevo y ahí acaba el asunto.
Agarró una botella de champagne del estante y giró el corcho.
- Vean ahora – continuó, a la par que llenaba tres grandes vasos -. Bebámonos la razón de la discordia de la logia. Después de eso, como saben, no puede haber mala sangre entre nosotros. Ahora, la mano izquierda en la manzana de mi garganta. Le digo, Ted Baldwin, ¿cuál es la ofensa, señor?
- Las nubes son pesadas – contestó Baldwin.
- Pero por siempre serán brillantes.
- ¡Y esto lo juro!
Los hombres bebieron sus vasos, y la misma ceremonia fue realizada entre Baldwin y McMurdo.
- ¡Aquí! – chilló McGinty, frotando sus manos
-. Ése es el final de la sangre negra. ¡Estarán bajo la disciplina de la logia si va más allá, y es una mano pesada en estas partes, como el Hermano Baldwin conoce, y como lo hallará muy pronto, Hermano McMurdo, si busca problemas!
- Tenga fe en que tardaré mucho en llegar a eso – declaró McMurdo. Mantuvo firme su mano con la de Baldwin -. Soy rápido para reñir y rápido para perdonar. Es mi caliente sangre irlandesa, me dicen. Pero está todo terminado para mí, y no llevo ningún resentimiento.
Baldwin tuvo que tomar la mano ofrecida; porque el ojo funesto del terrible jefe estaba sobre él. Pero el rostro arisco mostraba cuán poco las palabras del otro lo habían hecho cambiar de opinión.
McGinty los palmoteó a ambos en los hombros.
- ¡Cielos! ¡Estas chicas! ¡Estas chicas! – bramó -. ¡Pensar que las mismas chiquillas se interpondrían entre dos de mis muchachos! ¡Es la misma suerte del diablo! ¡Bien, es la niña dentro de ellas la que debe arreglar la cuestión; pues está fuera de la jurisdicción de un jefe del cuerpo, y el Señor debe ser loado por eso! Tenemos suficiente con nosotros, sin las mujeres. Será afiliado a la Logia 341, Hermano McMurdo. Tenemos nuestros propios modos y métodos, diferentes de los de Chicago. El sábado por la noche es nuestra reunión, y si viene entonces, le haremos vacante para siempre de Vermissa Valley.
 Cap. III:
En la noche del sábado McMurdo fue introducido a la logia. Había pensado entrar sin ceremonia al ser un iniciado de Chicago; pero había particulares ritos en Vermissa de los cuales estaban orgullosos, y estos tenían que ser aguantados por todos los postulantes. La asamblea se reunió en una gran habitación reservada para tales propósitos en la Union House. Unos sesenta miembros congregados en Vermissa; pero eso de ningún modo representaba el poder completo de la organización, pues había varias otras logias en el valle, y otras más allá de las montañas a cada lado, que intercambiaban miembros cuando algún serio negocio estaba en pie, para que así un crimen pueda ser cometido por extraños en la localidad. Con todos juntos no había menos de quinientos esparcidos por el distrito del carbón.
En el desnudo cuarto de la asamblea los hombres estaban concentrados alrededor de una larga mesa. Al lado había una segunda cargada con botellas y vasos, en los que algunos miembros de la compañía ya habían puesto sus ojos. McGinty se sentó a la cabeza con un gorro negro llano de terciopelo sobre su mata de pelo negro enredado, y una estola morada en torno a su cuello; por lo que parecía ser un sacerdote presidiendo un ritual diabólico. A su derecha e izquierda estaban los altos oficiales de la logia, con la cruel y atractiva faz de Ted Baldwin entre ellos. Cada uno de ellos vestía una bufanda o medallón como emblema de su puesto.
Eran, en su generalidad, hombres de edad madura; pero el resto de la compañía consistía en jóvenes muchachos de dieciocho a veinticinco, los aptos y capaces agentes que ejecutaban las órdenes de sus mayores. Entre los hombres mayores había varios cuyos rasgos mostraban las feroces almas sin ley que llevaban dentro; pero mirando al rango y fila era difícil pensar que estos ansiosos y francos chiquillos eran en realidad una temible banda de asesinos, cuyas mentes habían sufrido una tan completa perversión moral que tomaban un horrible orgullo en su eficiencia en el trabajo, y veían con el más grande respeto al hombre que tenía la reputación de hacer lo que ellos llamaban “una tarea limpia”.
En, sus retorcidas naturalezas se había convertido una cosa animada y caballerosa hacer un “servicio” contra un hombre que nunca les había dañado y que en muchos casos nunca habían visto en sus vidas. Una vez hecho el crimen, se peleaban por decidir quién había dado el tiro final, y se entretenían entre ellos y a la compañía describiendo los gritos y contorsiones del hombre asesinado.
Al comienzo habían mostrado algo de secreto en sus disposiciones; pero en el tiempo en que esta narración las describe sus proce- dimientos eran extraordinariamente abiertos, pues los repetidos fracasos de la ley les habían probado que, por una parte, nadie se atrevería a testificar contra ellos, y por la otra tenían un ilimitado número de testigos adictos los cuales podían llamar, y un bien repleto cofre del tesoro del que podían sacar los fondos para contratar el mejor talento legal del estado. En diez largos años de atropellos no había habido ni una prueba de culpabilidad, y el único peligro que amenazaba a los Scowrers yacía en la misma víctima, que aunque sobrepasada en número y tomada por sorpresa, podía, y ocasionalmente lo hacía, dejar su marca en sus asaltantes.
McMurdo había sido advertido que una prueba le esperaba; pero nadie le decía en qué consistía. Había sido llevado al cuarto exterior por dos solemnes hermanos. Por la división de la tabla podía oír el murmullo de varias voces de dentro de la asamblea. Una o dos veces alcanzó a escuchar el sonido de su propio nombre, y sabía que estaban discu- tiendo su candidatura. Entonces entró un guardia de adentro con una verde y dorada banda a través de su pecho.
- El jefe del cuerpo ordena que debe ser reforzado, enceguecido e introducido – pronunció.
Tres de ellos le removieron su abrigo, levantaron la manga de su brazo derecho, y finalmente pasaron una cuerda encima de sus codos y la apretaron. Luego colocaron una tupida montera negra justo sobre su cabeza y la parte superior de su rostro, para que no pueda ver nada. Después fue conducido a la sala de la asamblea.
Era todo de un negro alquitrán y muy sofocante bajo esa capucha. Oía el crujido y susurro de la gente junto a él, y luego la voz de McGinty sonó apagada y distante en sus orejas cubiertas.
 - John McMurdo – clamó la voz - ¿es usted un miembro ya de la Ancient Order of Freemen?
Hizo una inclinación en asentimiento.
- ¿Es su logia la No. 29, en Chicago?
Se inclinó nuevamente.
- Las noches oscuras son desagradables – bramó la voz.
- Sí, para que viajen los extraños – contestó.
- Las nubes son pesadas.
- Sí, una tormenta se está aproximando.
- ¿Está la hermandad satisfecha? – preguntó el jefe del cuerpo.
Hubo un murmullo general de asentimiento.
- Sabemos, hermano, por su seña y contraseña
que es verdaderamente de los nuestros
– dijo McGinty -. Le haremos percatarse, sin embargo, que en este condado y en otros condados de estos lares poseemos ciertos ritos, y también ciertas tareas de nosotros que llaman a los buenos hombres. ¿Está listo para ser probado?
- Lo estoy.
- ¿Es usted de corazón sólido?
- Lo soy.
- Dé un largo paso hacia delante para comprobarlo.
A la par que las palabras eran dichas sintió dos puntos duros en sus ojos, presionando sobre ellos de tal forma que parecía que no los podría mover adelante sin peligro de perderlos. Sin embargo, se armó de valor para salir resolutamente, y mientras lo hizo la presión se desvaneció. Hubo un bajo cuchicheo de aplausos.
- Es de corazón sólido – pronunció la voz -.
¿Puede aguantar el dolor?
- Tan bien como el anterior – replicó.
- ¡Pruébenlo!
Todo lo que pudo hacer fue resistirse a gritar, pues un agonizante dolor invadió su antebrazo. Casi se desmayó por la repentina impresión de él; pero se mordió su labio y apretó las manos para esconder su penuria.
- Puedo resistir más que eso – expresó.
Esta vez hubo un fuerte aplauso. Nunca había sido hecha en la logia una mejor primera apariencia. Manos lo palmotearon en la espalda y la capucha fue arrancada de su cabeza. Permaneció parpadeando y sonriendo entre las felicitaciones de los hermanos.
- Una última palabra, Hermano McMurdo - manifestó McGinty -. Ya ha jurado el voto de secreto y fidelidad, y está al tanto de que el castigo por cualquier violación es la instantánea e inevitable muerte.
- Lo sé – profirió McMurdo.
- ¿Y acepta el mandato del jefe de cuerpo de ahora bajo todas las circunstancias?
- Lo acepto.
- Entonces en el nombre de la Logia 341, Vermissa, le doy la bienvenida a sus privilegios y debates. Ponga el licor en la mesa, Hermano Scanlan, y brindaremos por nuestro digno hermano.
El abrigo de McMurdo le había sido regresado; pero antes de ponérselo inspeccionó su brazo derecho, que aún dolía fuertemente. Ahí en la carne del antebrazo había un círculo con un triángulo dentro de él, profundo y rojo, como el hierro que lo marcó lo había dejado. Uno o dos de sus vecinos se arremangaron y mostraron sus propias señales de la logia.
- Todos la hemos llevado – exclamó uno -, pero no tan valientemente como lo sobrellevó usted.
- ¡Tonterías! No fue nada – prorrumpió; pero quemaba y dolía aún.
Cuando las bebidas que siguieron a la ceremonia de iniciación ya habían sido acabadas, procedier y más sorpresa que la que se aventuraba a mostrar a lo que se dijo a continuación.
- El primer negocio de la agenda – aseveró McGinty -, es leer la siguiente carta del maestro de división Windle del condado de Merton, Logia 249. Dice: “Estimado señor:
“Hay un trabajo para ser hecho con Andrew Rae de Rae & Sturmash, propietarios de carbón cerca de este lugar. Usted recordará que su logia nos debe algo en correspondencia, dado el servicio de dos de nuestros hermanos en el asunto de las patrullas del otoño pasado. Enviará dos buenos hombres, estarán a cargo del tesorero Higgins de esta logia, cuya dirección conoce. Él les dirá cuándo actuar y dónde”.
“Suyo en libertad,
“J. W. WINDLE, D. M. A. O. F”
- Windle nunca se ha rehusado a nosotros cuando hemos tenido la ocasión de solicitar por la prestación de un hombre o dos, y nosotros no debemos rechazarle - McGinty se detuvo y vio alrededor de la habitación con sus opacos y malevolentes ojos -. ¿Quién será voluntario para este asunto?
Varios jóvenes alzaron sus manos. El jefe del cuerpo los observó con una sonrisa aprobatoria.
- Tú lo harás, Tigre Cormac. Si lo manejas tan bien como la última vez, no estarás mal. Y tú, Wilson.
- No tengo pistola – afirmó el voluntario, un simple chiquillo en sus años de adolescente.
- Es tu primera vez, ¿no es así? Bien, debes ser sangriento alguna vez. Será un gran comienzo para ti. En cuanto a la pistola, la encontrarás esperando por ti, o me equivoco. Si se reportan el lunes, habrá tiempo suficiente. Tendrán una gran bienvenida cuando regresen.
- ¿Alguna recompensa esta vez? – preguntó Cormac, un joven grueso, de cara oscura y parecer brutal, cuya ferocidad le había merecido el título de “Tigre”.
- No piensen en la recompensa. Solamente háganlo por el honor del acto. Tal vez cuando terminen haya unos pocos sobrantes dólares al fondo de la caja.
- ¿Qué ha hecho ese hombre? – formuló Wilson.
- Seguramente, no está en los gustos de uno que le pregunten qué ha hecho el hombre. Ya ha sido juzgado allá. No es nuestro problema. Todo lo que debemos hacer es llevarlo a cabo por ellos, de la misma manera que lo harían por nosotros. Hablando de eso, dos hermanos de la logia de Merton vendrán con nosotros la próxima semana a hacer algún negocio en esta comarca.
- ¿Quiénes son? – interrogó alguien.
- Tengan fe, es más sabio no consultar. Si uno no sabe nada, no puede testificar nada, y ningún problema puede venir de eso. Pero son hombres que harán una limpia labor cuando estén en ello.
- ¡Y tiempo, también! – gritó Ted Baldwin - Los muchachos están volviéndose desertores por estos lares. Solamente la semana pasada tres de nuestros hombres fueron desviados por el capataz Blaker. Se lo hemos estado debiendo por un largo tiempo, y lo tendrá de lleno y apropiadamente.
- ¿Tendrá qué? – McMurdo musitó a su vecino.
- ¡El negocio termina con un cartucho de perdigones! – aclamó el hombre con una fuerte risa -. ¿Qué piensa de nuestros métodos, hermano?
El alma criminal de McMurdo parecía haber ya absorbido el espíritu de la vil asociación de la que era ahora miembro.
- Me gusta – refirió -. Es un lugar propicio para un mozalbete con brío.
Varios de los que se sentaban a su alrededor oyeron sus palabras y las aplaudieron.
- ¿Qué es esto? – abucheó el jefe del cuerpo de la negra melena desde el final de la mesa.
- Aquí nuestro nuevo hermano, señor, que encuentra nuestros métodos a su gusto.
McMurdo se incorporó en sus pies por un instante.
- Podría decir, eminente jefe del cuerpo, que si un hombre pudiera ser requerido tomaría como un honor el ser elegido para ayudar a la logia.
Hubo un gran aplauso con esto. Se sintió que un nuevo sol estaba empujando su imagen sobre el horizonte. Para algunos de los mayores les pareció que el progreso era demasiado rápido.
- Yo pienso – insinuó el secretario, Harraway, un viejo con cara de buitre y barba gris que se sentó junto al presidente de la junta -, que el Hermano McMurdo debería esperar hasta que sea la voluntad de la logia la que le dé un empleo.
- Seguro, eso era lo que quería decir; estoy en sus manos – dijo McMurdo.
- Su tiempo llegará, hermano – afirmó el presidente -. Lo hemos marcado como un hombre dispuesto, y creemos que hará un buen trabajo en estas partes. Hay un pequeño asunto esta noche en el que podría tomar mano si gusta.
- Esperaré por algo que valga la penamientras.
- Puede venir esta noche, de todas formas, y le ayudará a entender lo que exigimos en esta comunidad. Haré el anuncio después. Mientras tanto – observó su agenda -, tengo uno o dos puntos que traer antes de la sesión. Primero, pediré a nuestro tesorero nuestro balance bancario. Está la pensión a la viuda de Jim Carnaway. Fue muerto haciendo la misión de la logia y está en nosotros ver que no salga ella perdiendo.
- Jim fue disparado el mes pasado cuando intentaron asesinar a Chester Wilcox de Marley Creek – le informó el vecino de McMurdo a él.
- Los fondos son buenos por el momento – anunció el tesorero, con el libro bancario frente a él. Las firmas han sido generosas últimamente. Max Linder & Co. pagó quinientos para ser dejado en paz. Los hermanos Walker enviaron un ciento; pero yo mismo los regresaré y pediré cinco. Si no los escucho hasta el miércoles, su máquina de extracción se podría malograr. Debimos quemar su quebrantadora el año pasado para que se volviesen más razonables. También la West Section Coaling Company ya liquidó su contribución anual. Tenemos suficiente en las manos para hacer cualquier obligación.
- ¿Qué hay acerca de Archie Swindon? – cuestionó un hermano.
- Ya ha vendido todo lo que tiene y abandonado el distrito. El viejo diablo dejó una nota para decir que preferiría ser un barrendero de carreteras en Nueva York que un propietario de una gran mina bajo el poder de un grupo de chantajistas. ¡Por Dios! Fue bueno que huyera antes de que la nota llegue a nosotros. Me imagino que no mostrará su rostro por este valle de nuevo.
Un hombre mayor, bien afeitado con una afable fisonomía y unas grandes cejas se levantó desde el final de la mesa que estaba frente al presidente.
- ¿Señor tesorero – interpeló – puedo preguntar quién compró las propiedades de este hombre que ha salido del distrito?
- Sí, Hermano Morris. Ha sido comprado por la State & Merton County Railroad Company.
- ¿Y quién adquirió las minas de Todman y de Lee que entraron al mercado del mismo modo este año?
- La misma compañía, Hermano Morris.
- ¿Y quién abonó por las fundiciones de hierro de Manson y de Shuman, y de Van Deher y de Atwood, que han sido resignadas últimamente.
- Fueron todas ganadas por la West Gilmerton General Mining Company.
- No veo, Hermano Morris – pronunció el presidente -, que nos interese quién las compró, pues no las pueden sacar del distrito.
- Con todo el respeto que se merece, eminente jefe del cuerpo, pienso que nos debería interesar mucho. Este proceso ha estado en actividad por diez largos años. Estamos gradualmente retirando a los pequeños hombres fuera del comercio. ¿Cuál es el resultado? Hallamos en sus lugares a grandes compañías como la Railroad o la General Iron, que tienen sus directores en Nueva York o Filadelfia, y no les interesan nuestras amenazas. Los podemos obtener de sus jefes locales; pero eso sólo significa que otros serán enviados a sus puestos. Y lo hacemos peligroso para nosotros mismos. Los pequeños hombres no nos podían dañar. No tenían ni el dinero ni el poder para hacerlo. Mientras no los exprimiéramos demasiado, quedarían bajo nuestro dominio. Pero si esas grandes compañías se dan cuenta que estamos entre ellos y sus ganancias, no escatimarán esfuerzos en cazarnos y llevarnos a la corte.
Hubo un silencio ante estas palabras ominosas, y todos los semblantes oscurecidas tenebrosamente fueron permutados. Tan omnipotentes e indesafiables habían sido que el pensamiento de una posible respuesta desde el fondo se había desvanecido de sus mentes. Y aún así la idea les dio un estremecimiento alos más descuidados de ellos.
- Es mi consejo – el hablante continuó – que obremos con más cuidado con los hombres pequeños. El día que sean quitados deen medio el poder de esta sociedad se resquebrajará.
Verdades no bienvenidas no eran populares. Hubo gritos molestos a la par que el parlante regresaba a su sitio. McGinty se irguió con oscuridad en su frente.
- Hermano Morris – articuló –, usted siempre fue siempre un refunfuñador. Mientras los miembros de esta logia permanezcan juntos no hay poder alguno en los Estados Unidos que los toque. Seguro, ¿no lo hemos probado tan seguidamente en las cortes? Yo especulo que las grandes compañías hallarán más fácil pagar que luchar, lo mismo que las pequeñas compañías. Y ahora, hermanos – McGinty se sacó su gorro negro de terciopelo y su estola mientras discurseaba –, esta logia ha finalizado su negocio por esta tarde, salvo por un pequeño asunto que podrá ser mencionado cuando ya partamos. El tiempo ha llegado para el refrigerio fraternal y la armonía.


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